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José Félix Lafaurie
Domingo 17 de marzo de 2013 - 12:00 AM

“Republiquetas” independientes

Publicado por: Jose Félix Lafaurie

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 La cirugía extrema que proponen las Farc para las Zonas de Reservas Campesinas (ZRC), es absurda. Equiparar su estatus a los Resguardos Indígenas y los Consejos Territoriales de las comunidades negras, significa crear gigantescos enclaves impenetrables, en adelante, para el Estado de Derecho legítimamente constituido. Una especie de “paraestado”, con privilegios y protecciones excepcionales para implantar su modelo de desarrollo rural retardatario, adoctrinar políticamente a los campesinos y establecer cabezas de playa, en áreas estratégicas del país rural para su accionar delictivo. Un despropósito, que lejos de generar riqueza y bienestar, conculca los derechos de los campesinos, quiebra el tejido social, desvirtúa la naturaleza actual de las ZRC y traspasa las políticas positivas por “etnia” y “raza”.

Serían 17 millones de hectáreas de “territorios colectivos”: seis millones de resguardos, comunidades “afros” y las 6 ZRC existentes, cuyos derechos han sido legalmente reconocidos. A ellas se sumarían 11.5 millones de hectáreas provenientes del “fondo de tierras” y de las que usurparon, en donde se establecerían las Zonas de Reserva Campesina “repotencializadas”. En total, el 33% del universo agropecuario, en donde las instituciones cívicas, militares y judiciales no podrían hacer presencia.

No se trata de hacer oposición a las políticas con enfoque diferencial para poblaciones que, como los indígenas, afrodescendientes y campesinos, requieren una atención preferente. Pero una cosa fue lo que estableció la Ley 160 del 94 para fomentar la economía campesina, dando apoyo y encadenamiento productivo y otra, muy diferente, la actual propuesta de las Farc. La pretendida autonomía política, administrativa, económica, social, ambiental, cultural y de justicia, sólo busca crear “Marquetalias” por todo el país con autogobierno, autogestión y autodeterminación.

Tremendo caldo de cultivo para encender más la hoguera del conflicto, que en nada solucionaría el problema de atraso y pobreza rural. Y, muy diciente, del empeño de las Farc por mantener a sangre y fuego el adoctrinamiento ideológico y el control poblacional y territorial. No es un secreto que la guerrilla ha hecho todo tipo de esfuerzos para levantar la institucionalidad que llegó con
las “zonas de consolidación” y la política de seguridad democrática, para perpetuar su statu quo de violencia, narcotráfico y terrorismo de los últimos 50 años, a costa de la vida y el desarrollo en la ruralidad. No en vano su propuesta se teje sobre zonas en donde históricamente han hecho presencia.

La visión separatista y segregacionista de las Farc no tiene cabida en pleno siglo XXI. El auténtico campesino sólo necesita que el campo sea objeto de una verdadera política pública de desarrollo rural estable, desde un Estado de Derecho legítimo y eficaz. Requiere que la institucionalidad avance al ritmo de las demandas históricamente aplazadas, en términos de bienes públicos, seguridad, justicia, infraestructura productiva, mercados y mecanismos financieros. Son los únicos derroteros ciertos para sacar al campesinado del atraso, agravado entre otros, por la violencia guerrillera que ahora, cínicamente pretende resolver sus problemas, usándolos como trampolín político en La Habana.

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