miércoles 19 de agosto de 2009 - 10:00 AM

Guerra en territorio urbano

El recrudecimiento de la criminalidad en las áreas metropolitanas no puede ser leído desde el descrédito de la Política de Seguridad Democrática.

La oleada de actividades delictivas en Medellín, Cali, Bogotá, Bucaramanga, Barranquilla o Cartagena, es atávica. Escribir esta página, requiere asumir la violencia, la pasada y la presente, para poner en la palestra pública los dilemas de por lo menos tres generaciones de colombianos. Niños, jóvenes y adolescentes de entonces y padres de hoy, envueltos en un espiral suicida, producto de las profundas transformaciones urbanas, fisuras del tejido social y la degradación de los valores que implosionaron con la escalda del conflicto, el narcotráfico, el terrorismo y la impunidad.

La ruptura generacional arrancó en los ochenta, cuando un adolescente habitante de uno de los barrios más pobres de Medellín, Byron de Jesús Velásquez, ultimara al Ministro Rodrigo Lara. Desde entonces, la capital de la montaña, Cali y Bogotá son emblemáticos de la representación de nuestros jóvenes como amenaza social o como víctimas, depende del cristal con que se mire. Ayer como hoy, la obscena participación de jóvenes y clanes familiares al servicio del sicariato, milicias urbanas guerrilleras y bandas criminales de reinsertados y delincuencia común, no deja dudas. Sólo en Medellín murieron más de 40.000 menores en las últimas dos décadas y hoy más de 3.000 han sido reclutados por 140 bandas criminales.

Las dimensiones de la inseguridad ciudadana que se respira en las urbes y la sensación de bienestar que hoy empieza a percibir el campo colombiano, nos confirman que no se puede perder el terreno ganado en la lucha contra las redes del narco-terrorismo. La sostenibilidad de esta política debe ser un norte inalterable, aunque este objetivo tenga que pasar, necesariamente, por aceptar la ayuda económica de Estados Unidos y la presencia de sus militares en nuestro territorio. Esta ofensiva debe ser leída como un reconocimiento franco de Colombia, ante la imposibilidad de sellar las fisuras de las fronteras. .

De esta realidad puede hablar el clima que generaron las mafias en México y que hoy se riega como pólvora en Venezuela, Ecuador y Honduras. No está en nuestros presupuestos 'exportar' un mayor grado de inestabilidad a nuestros pueblos. Mayores índices de criminalidad a los que ya se registran, serían nefastos. Como nunca antes Venezuela, por ejemplo, figura entre los tres países más violentos de América Latina y su capital como la más peligrosa. El prurito de una mirada solidaria con quienes han sido más que socios comerciales y la urgencia de abolir este cáncer global que está minando la seguridad en la subregión, está muy lejos de la alarma diplomática que causó la decisión colombiana.

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