lunes 08 de julio de 2019 - 12:00 AM

Glifosato sí (¡y mejor así!)

¿Por qué en vez de oponernos ferozmente a este químico no pensamos en ensayar formas de aspersión rasantes que minimicen el impacto del daño?

Con el glifosato pasa lo mismo que con el fracking: entre los fundamentalismos de los ecologistas sacerdotales y los que defienden su aplicación a toda costa, se abren paso interesantes argumentos para tratar de compaginar el cuidado del medio ambiente y la salud con la utilización responsable de mecanismos que, en el primer caso ayudan en la lucha efectiva contra las drogas, y en el segundo, a aprovechar válidamente la extracción de recursos naturales en tiempos de crisis económica.

Lo importante de todo esto es discutir con razones y no apenas con radicalidad y pensamiento político de corto plazo. Si el glifosato fuera probadamente malo y no potencialmente dañino, la Corte Constitucional no hubiera empleado el principio de precaución sino que lo hubiera prohibido de tajo, cosa que no ocurrió. El mundo tampoco contemplaría su uso en concentraciones razonables y la Organización Mundial de la Salud no lo hubiera puesto en el mismo nivel de las carnes rojas y otros productos de uso cotidiano sino que lo tendría en letras rojas en el listado de lo que definitivamente no puede emplearse.

Lo cierto es que la lucha contra las drogas no depende únicamente de la reactivación de la aspersión aérea pero es indiscutible que su utilización permitió que entre 2000 y 2013 los cultivos ilícitos tuvieran una reducción significativa. Es verdad que los niveles de resiembra en muchos casos han crecido de manera importante y allí hay que imaginarse estrategias sociales para evitar que eso ocurra y también deberían desplegarse acciones para mejorar la interdicción y simultáneamente emprender una lucha radical contra el microtráfico en las ciudades.

La idea justamente es combinar todas estas tareas para lograr un resultado más eficiente y sobre todo integral pero no se puede excluir una de ellas y renunciar sin más a su aplicación.

¿Por qué en vez de oponernos ferozmente a este químico no pensamos en ensayar formas de aspersión rasantes que minimicen el impacto del daño?

¿Por qué no hablamos de sustitutos químicos que puedan tener la misma efectividad del glifosato y quizá menos riesgos para el medio ambiente?

¿Por qué no atendemos los requisitos de la Corte Constitucional que, insisto, no prohibió sino que condicionó el uso del glifosato, y hacemos que su aplicación tenga controles fuertes sin dejar de recurrir a su uso para mejorar la lucha contra las drogas?

Glifosato sí, ¡y mejor así!: con discusión, con precaución y sin improvisación.

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