lunes 01 de julio de 2019 - 12:00 AM

¡Gracias papá!

Su vocación de servicio, su entrega a los demás, su honestidad a toda prueba y la rigurosidad en la correcta aplicación del derecho, lo llevaron a ponerse la toga...

Permítanme una licencia. Hoy no quiero hablarles de la relación entre Duque y el Congreso, de la seguridad de los excombatientes de las Farc, de los problemas de inseguridad en el país, de la crisis de los migrantes venezolanos o de la JEP. Quiero hablarles de mi papá, de Antonio José, de ese hombre sencillo, generoso, prudente e incansable trabajador a quien después de 50 largos años de trabajo le llegó el turno de descansar del corre-corre laboral. Cierra un capítulo en su trayectoria profesional y se pensiona (privilegio de pocos) después de haber dedicado la última parte de su vida a la Rama Judicial.

No es una casualidad que terminara entre expedientes, proyectos de sentencias, tutelas y salvamentos de voto como magistrado de los Tribunales de Cúcuta y Bucaramanga. Comenzó en la base de la administración judicial, como notificador, después de graduarse con honores del colegio San Pedro y llegar a Bogotá para estudiar en la Universidad Javeriana.

Tenía que ser así. Su vocación de servicio, su entrega a los demás, su honestidad a toda prueba y la rigurosidad en la correcta aplicación del derecho, lo llevaron a ponerse la toga en una nación que tristemente ha perdido la fe en sus jueces por casos excepcionales que se vuelven demasiado ruidosos y contaminan la percepción de los ciudadanos.

Hoy mi papá, que tantas veces amparó el derecho de muchos colombianos a pensionarse, que obró con ponderación para proteger los fueros sindicales pero también para darle a la empresa la importancia que tiene en la sociedad, da un merecido paso al costado y se jubila, con la frente en alto, con la auténtica felicidad del deber cumplido y habiendo dejado sembrada la semilla de la rectitud y el amor por los códigos aplicados en la búsqueda del bien común en cientos de alumnos que se lo encuentran por las calles y lo recuerdan con cariño, en sus jóvenes colaboradores que son esperanza de que el sistema judicial puede ser mejor y en su hijo que, en vida, le rinde este pequeño homenaje, con la venia de sus lectores, y le agradece por sus años de sacrificio y le promete heredar lo más valioso que le ha enseñado: ser buena persona antes que buen profesional o, mejor, como condición sine qua non para ejercer bien cualquier oficio. De todo corazón: ¡Gracias papá!

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