lunes 11 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

¿Parar o... seguir?

Más interesante resultaría para Colombia que, en vez de la fórmula tradicional de la marcha infiltrada por grupos violentos y gobiernos extranjeros, nos inventáramos una forma alternativa
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Las protestas y las marchas deberían ser igual de legítimas cuando las convoca la izquierda o cuando lo hace la derecha; cuando son los uribistas en contra del “desgobierno” del expresidente Santos o cuando son los estudiantes y las centrales obreras para expresarse en contra de Duque. La manifestación por las vías pacíficas, es un derecho en las democracias modernas y el que quiera marchar el 21 de noviembre o cualquier otro día del año, debería poder hacerlo siempre y cuando no recurra al vandalismo para expresarse. Así como protestar es legítimo, romper vidrios, lanzar papas bomba, destruir la propiedad privada o dañar la pública, es un delito y en eso tendríamos también que estar de acuerdo.

El problema, creo yo, es que de un tiempo para acá sacralizamos la protesta callejera; la convertimos en inspiración; la volvimos ejemplo de rebeldía saludable y señal de que los pueblos no están dormidos o que comenzaron a despertarse y eso, con todo respeto, no es cierto o, por lo menos, no conduce a soluciones de fondo, creativas o transformadoras.

Decir que queremos que en Colombia pase lo que ocurrió en Ecuador o lo que está pasando en Chile, es muy peligroso. En ninguno de estos países las protestas violentas han dejado una transformación estructural y, al contrario, su balance es de anarquía, lucha de clases anacrónicas y desperdicio de las potencialidades reales de los jóvenes que en vez de ponerse capuchas deberían estar dando la cara con ideas frescas y planteamientos concretos.

Es la diferencia, justamente, entre “parar” o seguir avanzando en la profundización de la democracia por vías más productivas.

Más interesante resultaría para Colombia que, en vez de la fórmula tradicional de la marcha infiltrada por grupos violentos y gobiernos extranjeros, nos inventáramos una forma alternativa de presionar por los cambios con el poder de las redes, canalizando diálogos con propósitos concretos; relevando a quienes les quedó grande el cambio e impulsando nuevos protagonismos de gente joven que, en paz, esté logrando transformaciones en el terreno.

El verdadero reto para la juventud colombiana es hablar en clave de “seguir” y no de “parar” y para hacerlo no hay que renunciar ni al ímpetu, ni a cuestionárselo todo, ni bajarle la vara a los políticos, pero sí debe haber un espíritu más moderno, conciliador y creativo basado en las nuevas tecnologías para hacerse sentir. Ni odiar ni incendiar puede ser la solución.

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