lunes 10 de mayo de 2021 - 12:00 AM

Proteger la protesta

Proteger la protesta pasa, entonces, porque seamos claros en que nada justifica las violencias y que todos deberíamos salir a rechazar a una sola voz que algunos se escuden en las manifestaciones para hacer daño.
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Imposible decir, a estas alturas, que no existen razones válidas para protestar. Imposible negar que la mayoría de quienes salen a las calles tienen derecho a hacerlo e imposible desconocer que muchos de ellos cuentan con argumentos respetables y demandas sensibles frente al Estado que deben comenzar a tener respuestas viables y realistas pero puestas en práctica más allá de los discursos y los compromisos vacíos de contenido.

No será ya la reforma tributaria o la reforma a la salud, ni siquiera la salida de un ministro o la renta básica. Seguramente cada día que pasa, quienes protestan elevarán la vara y pondrán al gobierno contra la pared en medio de un ambiente caldeado y lamentablemente radicalizado. Todo eso sería mejor resolverlo mediante las vías institucionales, en el Congreso o en un referendo si se quiere. Sin embargo, tales expresiones y el legítimo derecho de pedir, cacerola en mano o marchando pacífica y alegremente, lo que quiera cada uno de los colectivos que protesta, es perfectamente posible y no puede ser criminalizado.

Una cosa, eso sí, es causar un trancón o dos o cien por cuenta de las marchas y otra distinta, dejar sin oxígeno o sin diálisis a pacientes que lo requieren, o provocar el desperdicio de leche o la muerte de animales o, más grave aún, el fallecimiento de un bebé que estaba por nacer y cuya madre no logró tener porque no dejaron pasar la ambulancia en la que venía.

Por eso urge proteger la protesta y, para hacerlo, no basta con exigirle a la fuerza pública un comportamiento ejemplar -que ahora más que nunca se necesita- sino que también los manifestantes deben poner de su parte. Un consenso mínimo habría que lograr: el respeto a la vida y la no violencia. Sin eso o justificando las lesiones de unos y las muertes de otros, o relativizando el valor de la vida dependiendo de quién se trate, estaremos perdidos. Aislar a los vándalos y a los violentos y darles el tratamiento que corresponde, no es solo una tarea del gobierno, sino que se necesita la plena conciencia y colaboración de los ciudadanos. Las marchas están infiltradas y si quienes protestan con todas las de la ley se hacen los de la vista gorda frente a quienes causan destrozos y queman policías vivos, las cosas se pondrán peor que nunca. Proteger la protesta pasa, entonces, porque seamos claros en que nada justifica las violencias y que todos deberíamos salir a rechazar a una sola voz que algunos se escuden en las manifestaciones para hacer daño.

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