domingo 27 de noviembre de 2022 - 12:00 AM

A Festa Brasileira

Dicen que los mundiales empiezan solo cuando juega Brasil. Y el scratch debutó el pasado jueves ante Serbia. Sus luces siempre encendidas. Los reflectores siempre puestos en los pentacampeones del mundo. Y estuvieron a la altura de su historia y su expectativa.

La historia de las Copas del Mundo se escribieron a pura samba. Pelé con 17 años fue Campeón del Mundo en 1958 en Suecia marcando goles de genial factura en la final. Repetiría la gesta en Chile 62 y México 70, donde otros apellidos ilustres endulzaron la retina de millones de aficionados.

Zagallo, Garrincha, Vavá, Zito, Tostao, Jairzinho, Gerson, Clodoaldo y Carlos Alberto, entre otros, conformaron la legión de las tres Copas que a fútbol puro enamoró al mundo entero ( 58, 62 y 70).

Curiosamente la sequía de títulos de 24 años fue quizás dada por los caprichos de una deporte rebelde y voluntarioso como el fútbol. La generación Zico, Socrates, Dirceu, Falcao y Cerezo mereció al menos un Mundial. Su juego era arte puro. Sucesión de toques danzando a una velocidad que contagiaba la risa.

Vinieron los Romario, Bebeto, Rivaldo, Ronaldinho, Cafú, Roberto Carlos y compañía y le dieron los títulos de 1994 y 2002 con menos brillantez pero mayor eficacia. Siempre se dijo que ya no se podía hacer más el “Jogo Bonito”. Que había que ser más práctico. Puro cuento.

Tite, el DT actual de la canarinha, entendió que la materia prima disponible puede ser tan moderna y eficaz como poética. Brasil fue una aplanadora de fútbol que entiende el juego de hoy como una sucesión de pases y controles de balón a máxima velocidad, pero sin renunciar al juego que enamora. Brasil toca y toca la pelota mil veces. El rival ve jugar. Neymar, Raphinha, Richarlison, Vinicius tomaron las banderas de aquellos que elevaron al Olimpo al fútbol brasileño y le incorporaron el modernismo de la alta velocidad y rigor táctico sin dejar de lado la estética de su juego. Esto apenas empieza, pero cuesta creer que esta vez se les escape de nuevo. Brasil es fiesta de los ojos. Hasta la próxima.

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