domingo 07 de junio de 2009 - 10:00 AM

La democracia no debe tener mártires

La palabra mártir proviene del griego martys cuyo significado es testigo. La tradición cristiana nos ha llevado a asociar el término con aquellas personas que dan su vida por sus creencias o por una causa, es decir, una persona que da testimonio de sus convicciones hasta llegar al supremo sacrificio.

Esta carga, que parece excesiva, puede ser autoimpuesta o es la reacción frente a un entorno en el cual la forma de poder expresarse y ser escuchado es dando lugar a un hecho profundamente impactante, pues implica la renuncia de la persona a sí misma, es decir a su vida (el ser) o a su libertad (la capacidad de ser).

Este 4 de junio recordamos el vigésimo aniversario de la masacre de la plaza de Tian’anmen en Pekín (China), en donde cerca de 500 estudiantes y trabajadores murieron a manos del Ejército mientras protestaban por las políticas vigentes y por la corrupción reinante en la administración pública.

Si bien los diferentes grupos participantes tenían posiciones encontradas frente a las políticas adoptadas: estudiantes e intelectuales veían avanzadas las reformas económicas y demoradas las políticas y los trabajadores percibían que las políticas de liberalización económica habían ido demasiado lejos, todos compartían un propósito común explícito: la lucha por la transparencia y uno implícito: la reivindicación de su derecho a expresar su posición, a exigir ser escuchados.

Los caídos en Tian’anmen hacen parte del grupo de mártires de la libertad de expresión que es la base de la construcción de la democracia y del concepto de representación política inherente a esta forma de gobierno.

Expresarse, ejercer el derecho a la libertad de expresión, no es un acto individual, es el primer acto social, el primer acto político donde la persona da testimonio de sí misma y como tal exige una respuesta: el reconocimiento de su existencia por parte del otro y la actitud de escuchar atentamente. La democracia es el eterno diálogo de la sociedad consigo misma y con el Estado.

En Tian’anmen, estudiantes y trabajadores se manifestaron por distintas razones; las autoridades encontraron en sus voces y actos simbólicos (como la prolongada huelga de hambre), un mensaje que no pudieron eludir y se les plantearon dos caminos: escuchar o no. Según lo mostraron las cámaras de televisión en su momento se decidió no hacerlo y eliminar el mensaje y las voces: hoy recordamos aquel tanque de guerra que se veía detenido por un solo individuo diciendo con su conducta ¡soy yo! ¡estoy aquí! ¡escúcheme!

Toda democracia que se precie de serlo debe evaluar si tiene mártires de la libertad de expresión… si los hay, aún ella no se ha construido, aún es insuficiente. Mayorías que condenan a minorías a un diálogo de sordos, la autocensura de los medios de comunicación motivada por cuestiones económicas y conflictos de intereses, son apenas dos ejemplos de los síntomas de una sociedad que no puede llamarse con tranquilidad y suficiencia: democrática.

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