jueves 29 de octubre de 2020 - 12:00 AM

De faldas y pantalones

Ninguna prenda tiene el poder de cambiar quién somos. Nadie se vuelve o deja de ser heterosexual, gay, cis o trans por la ropa que se ponga (y tampoco tiene nada de malo serlo).
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Columna de
Juliana Martínez

A principios de octubre, cientos de estudiantes hombres en Canadá fueron al colegio usando la falda del uniforme. La gran mayoría de ellos no son trans. Tampoco son gays. Son jóvenes heterosexuales que se organizaron para protestar tres cosas:

1) La sexualización del cuerpo femenino implícita en las reglas de los uniformes de las niñas.

Uno de los estudiantes explicó: las faldas de las niñas tienen exigencias de qué tan largas pueden ser y deben ir acompañadas de medias largas. Estos requisitos no existen para los pantalones cortos de los niños.

Además, la imposición de faldas a las niñas hace que los profesores estén constantemente monitoreando cómo se sientan y mueven para que su ropa interior no se vea. Esto no pasa con los niños, quienes gozan de libertad de movimiento.

2) Los códigos de vestuario encasillan a los estudiantes dentro del binario de género.

Cada vez son más los jóvenes que no se identifican ni como hombres ni como mujeres, y están exigiendo el derecho de estudiar sin que se les imponga una identidad concreta.

Los jóvenes preguntan “¿por qué tienen que limitar mi identidad de género para aprender álgebra o química?”

3) Los estereotipos de género que refuerzan.

Muchos hombres jóvenes se están revelando contra las restricciones de la masculinidad y expandiendo sus posibilidades. Es decir, ¿quién dijo que los hombres no se pueden poner falda?

Si hoy en día a nadie se le ocurre que una niña que se pone shorts o pantalones se va a volver (o ya es) lesbiana, ¿por qué seguimos pensamos lo mismo respecto a los niños y las faldas o vestidos?

Ninguna prenda tiene el poder de cambiar quién somos. Nadie se vuelve o deja de ser heterosexual, gay, cis o trans por la ropa que se ponga (y tampoco tiene nada de malo serlo).

Cuestionar los códigos de vestuario no corrompe a los jóvenes ni a la sociedad.

Lo que hace es develar los falsos argumentos con los que cubrimos nuestros prejuicios y estereotipos de género, la profunda homo/transfobia que los sustenta, y las desiguales relaciones de poder que afianzan.

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