jueves 30 de mayo de 2019 - 12:00 AM

De vibradores, depiladores y trofeos

vamos teniendo más claro que las limitaciones del género no están en los cuerpos y las mentes de las mujeres, sino en los prejuicios
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Columna de
Juliana Martínez

La semana pasada salió una noticia que parece un chiste: además del trofeo, las ganadoras del Campeonato de Squash de Asturias, recibieron un paquete que contenía crema depilatoria, una lima eléctrica para los callos de los pies y un vibrador.

¿Se imaginan qué cara habrían puesto los hombres si les hubieran dado una crema de afeitar y un estimulador anal o un masturbador junto con su trofeo?

El caso es una elocuente representación de la discriminación que enfrentan cotidiana y sistemáticamente las deportistas mujeres en todo el mundo.

Esto se debe, en gran parte, a que como sociedad asociamos lo masculino con la fuerza física, y la delicadeza y la debilidad con lo femenino. Es decir, tenemos la idea de que la fortaleza y las habilidades físicas son incompatibles con la naturaleza femenina.

Una mujer fuerte, que moldea su cuerpo para alcanzar metas de rendimiento altamente exigentes, es vista como “menos mujer” que quienes se ajustan a los estándares patriarcales de comportamiento y apariencia física.

El precio que se paga por esta transgresión es alto. Las niñas que muestran “demasiado” interés en los deportes son tildadas de machorras, y las atletas mujeres tienen pocas oportunidades de profesionalizarse y vivir del deporte.

La excusa que suele utilizarse es que los deportes femeninos no generan tantas ganancias como los masculinos. Y eso es cierto. Sin embargo, la razón no es que las mujeres sean menos buenas en dichos deportes, sino que como sociedad nos negamos a ver a las mujeres en un rol que no sea sexualizado o servil.

La fuerza en las mujeres nos asusta, porque nuestra sociedad y nuestra cultura están fundadas sobre la supuesta debilidad de las mujeres.

Por eso históricamente han sido pocos quienes invierten en, y disfrutan viendo, mujeres fuertes, dueñas de sus cuerpos, demostrándole al mundo lo mucho que nos hemos equivocado al llamar a las mujeres “el sexo débil”.

Pero los tiempos están cambiando y cada vez vamos teniendo más claro que las limitaciones del género no están en los cuerpos y las mentes de las mujeres, sino en los prejuicios de las sociedades.

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