jueves 28 de julio de 2022 - 12:00 AM

Espejitos de colores

El amor (incluido el propio) no es nunca individualista y debe siempre llevar a la acción con y por los demás. El resto son espejitos de colores, botellitas de narcisismo bellamente empacadas por el capitalismo
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Columna de
Juliana Martínez

Hace unos días estuvo dando vueltas en redes sociales una imagen que decía “El amor propio no resuelve las opresiones sistémicas”. La frase no critica “el amor propio”, sino una nueva especie de mandato social que intenta convencernos de que si nos “amamos a nosotros mismos” y “tenemos una actitud positiva”, nuestra vida (y la de todas las demás personas) va a mejorar.

Esto tiene varios problemas. Primero, individualiza problemas que son sociales y colectivos, y, de paso, crea una millonaria industria.

El negocio es redondo: las dinámicas socioeconómicas que causan problemas cada vez más comunes como la ansiedad, la depresión, el cansancio crónico, y, sí, también, la falta de “amor propio”, se pierden de vista, y estos efectos negativos se vuelven de hecho deseables al hacerse parte de una industria cada vez más grande de todo tipo de “coaches”, dietistas, gurús espirituales, etc.

Además, se puede volver revictimizante porque, por ejemplo, en vez de cuestionar los estándares racistas y sexistas que hacen que la gran mayoría de mujeres sientan que sus cuerpos son inadecuados, culpa a la persona por no “amarse a sí misma”, por no “buscar su bienestar”, es decir, no hacer suficiente yoga, meditación, no ir a arte-terapia, ayahuasca-terapia, no ser vegana, etc.

“Amarse a sí mismo” se vuelve entonces una imposición socioeconómica, una responsabilidad individual y un producto comercial.

Esta versión del amor propio está muy lejos del sentido profundamente transformador y político que tenía originalmente y que aún tiene en muchas comunidades y activismo.

Allí, el amor propio es también y ante todo el amor por los demás, lo cual implica un proyecto de transformación de las condiciones (y opresiones) que aún hoy en día hacen que millones de personas no tengan derecho a (o se les dificulte en extremo), amar y ser amadas (incluso por sí mismas). Pensemos, por ejemplo, en las personas LGBT, racializadas, con discapacidad, etc.

El amor (incluido el propio) no es nunca individualista y debe siempre llevar a la acción con y por los demás. El resto son espejitos de colores, botellitas de narcisismo bellamente empacadas por el capitalismo.

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