jueves 04 de noviembre de 2021 - 12:00 AM

Faldas y pantalones

Pese a que las mujeres llevamos décadas poniéndonos pantalones, la prenda sigue asociada con la masculinidad.
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Columna de
Juliana Martínez

Las expresiones cotidianas, esas que usamos mucho pensando poco, suelen revelar verdades culturales profundas y a menudo problemáticas.

Por ejemplo, “ponerse los pantalones” o “tener los pantalones bien puestos” son sinónimos de estar en una posición de mando, de tener el control de una situación o relación.

Hablar de faldas, por el contrario, es hablar de debilidad o cobardía. “Esconderse detrás de las faldas” o estar “pegado a las faldas” de una mujer son expresiones que se usan para denigrar a una persona, usualmente a un hombre.

Pese a que las mujeres llevamos décadas poniéndonos pantalones, la prenda sigue estando asociada con la masculinidad y, por lo tanto, con el poder. Las faldas, por el contrario, siguen siendo usadas exclusivamente por las mujeres y por lo tanto ponen a quien las use (o se acerque demasiado a ellas) en una posición de subordinación social.

Esto puede parecer exagerado, pero si pensamos en el control social sobre la ropa nos damos cuenta de que no lo es tanto.

Por ejemplo, la idea de que un hombre se ponga una falda sigue siendo completamente inaceptable. Debido a su fuerte asociación con lo femenino, un hombre que se atreva a usar esta prenda es víctima inmediata del escarnio público, y desata el mismo pánico moral que producían las mujeres con pantalones hace 100 años.

Pero pensar que un hombre con falda implica el fin de la masculinidad o la homosexualización masiva de la sociedad es tan ridículo como pensar que una mujer con pantalones es poco femenina, lesbiana o es un hombre trans.

La ropa no cambia nuestra identidad, pero sí nos permite expresarla libremente, y a eso, a la libertad, es a lo que más le temen quienes pretenden controlar la autonomía y la vida de las personas según sus limitadas creencias.

Ojalá pronto las faldas, los pantalones, y todos los demás eufemismos para hablar de género dejen de ser indicadores de poder o subordinación, y sean lo que deben ser: formas de expresar nuestra libertad e identidad, maneras de celebrar nuestras diferencias sin que se vuelvan excusas para justificar la desigualdad.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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