jueves 18 de abril de 2019 - 12:00 AM

Infectados de homofobia

Lo que sí se contagia, y realmente corrompe a los niños, es esa idea por la que ha corrido tanta sangre en el país: que la diferencia debe ser expulsada y erradicada
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Columna de
Juliana Martínez

La semana pasada la concejala bumanguesa Sonia Navas increpó a la Secretaría de Salud, por no evitar que “cada vez haya más personas infectadas por Lgtbi”.

Días después una pareja gay pasaba la tarde en el Centro Comercial Andino, cuando un hombre los atacó acusándolos de corromper a los niños y llamándolos, entre otras cosas, animales y enfermos. La Policía se presentó rauda y veloz y, tras concienzudo análisis, puso un comparendo, no al perpetrador homofóbico y violento, sino a las víctimas, cuyo único “crimen” es ser homosexuales en un país acostumbrado a expulsar y aniquilar la diferencia.

Porque la enfermedad de Colombia no es la presencia cada vez más visible de personas de la diversidad sexual en los espacios públicos y políticos. Lo que nos infecta en tasas alarmantes es la arraigada intolerancia que naturaliza y justifica la violencia en su contra.

Colombia está enferma de odio hacia la diferencia, y eso nos lleva a justificar lo injustificable, incluida la violencia diaria y sistemática contra miles de personas cuyo único crimen es atreverse a tomar la mano de la persona que aman.

Un falso sentido de amenaza nos ha llevado a aniquilar lo distinto en vez de convivir con él.

Pero la realidad es que la homosexualidad ni se contagia ni es una amenaza.

Lo que sí se contagia, y realmente corrompe a los niños y constituye una amenaza para la sociedad, es esa idea por la que ha corrido tanta sangre en el país: que la diferencia debe ser expulsada, reprimida y erradicada; y que el odio y la violencia son expresiones más aceptadas socialmente que el respeto y el amor.

Amar y ser amado es la necesidad más básica de los seres humanos. Pero tenemos tan naturalizada la violencia, que nos parece más normal, e incluso legal, que un hombre ataque a otro, a que dos se expresen su cariño.

Todas las personas tenemos derecho al amor. Y ya es hora de que el afecto deje de ser un privilegio heterosexual y sea reconocido como lo que realmente es: el más humano de los derechos.

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