jueves 07 de marzo de 2019 - 12:00 AM

Menos flores más igualdad

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Columna de
Juliana Martínez

El 8 de marzo no es el día de la mujer, es el día de la mujer trabajadora.

Ese adjetivo, que por lo general se pierde entre las rosas, las serenatas al son de “mujeres tan divinas” y los descuentos de maquillaje, es clave para no perder de vista la razón y el objetivo principal de este día.

El 8 de marzo no celebra una supuesta esencia femenina, usualmente asociada a características como la belleza física, la delicadeza, la devoción por el cuidado, y la sumisión. Por el contrario, conmemora las luchas sindicales de las mujeres trabajadoras que desde el siglo XIX empezaron a exigir derechos laborales y condiciones dignas de trabajo.

Hoy en día esa lucha sigue vigente. En todas partes del mundo las mujeres aún enfrentamos discriminación en los procesos de contratación y ascenso, somos las víctimas de la gran mayoría de casos de acoso sexual laboral, y ganamos menos que los hombres por el mismo trabajo. La discriminación es aún mayor para las madres, quienes son percibidas como menos competentes que los hombres con el mismo número de hijos http://www.jstor.org/stable/pdfplus/10.1086/511799.pdf?acceptTC=true), y ganan menos que las mujeres que sin hijos (https://www.expoknews.com/mujeres-pagan-caro-la-maternidad-ocde/)

Por eso, este 8 de marzo los invito a reflexionar de qué manera mensajes aparentemente celebratorios refuerzan estereotipos que contribuyen a la desigualdad laboral entre hombres y mujeres, y a luchar por cambiarlos.

También invito a las empresas a que además de regalar flores revisen la distribución de género de sus juntas directivas, estudien su brecha salarial, y pongan en marcha un plan claro para alcanzar la paridad.

Este 8 de marzo, la invitación es a trabajar por construir un mundo donde ser mujer no implique ganar menos por el mismo trabajo, estar excluida de la mayoría de posiciones de liderazgo, y que ni siquiera podamos jugar fútbol profesionalmente a causa del abuso sexual y laboral.

Las flores, las tarjetas y los chocolates son bienvenidos siempre y cuando vengan de la mano de una lucha por la igualdad. De lo contrario, estos gestos simplemente están contribuyendo a perpetuar, y, pero aún, a maquillar y endulzar, nuestra explotación.

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