jueves 11 de junio de 2020 - 12:00 AM

Nuestro Racismo

en Colombia con frecuencia se confunde el no ser racista con el actuar desde un paternalismo condescendiente que no cuestiona (ni mucho menos intenta cambiar) las jerarquías raciales y de clase...
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Columna de
Juliana Martínez

En las últimas semanas se ha hablado mucho de racismo, particularmente en los Estados Unidos.

Esta conversación es más difícil en Colombia. Sher Herrera, académica afrofeminista, explica que esto se debe en parte a que mucha gente no entiende qué es ni como opera el racismo, pues se cree que el racismo se debe principalmente a acciones conscientes y malintencionadas de personas individuales.

Esto es un error peligroso porque nos permite distanciarnos del racismo y, en consecuencia, contribuir a que siga operando.

Ser amable “con todas las personas” no equivale a no ser racista. El racismo, explica Herrera, es un sistema. Es decir, trasciende las relaciones personales.

Como en el caso de “sexismo”, el “ismo” en “racismo”, implica que se trata de un sistema social, político, y ante todo económico, que distribuye inequitativamente los recursos, los derechos, y las oportunidades según una jerarquía racial colonial.

Este aspecto es fundamental porque, como afirma Herrera, en Colombia con frecuencia se confunde el no ser racista con el actuar desde un paternalismo condescendiente que no cuestiona (ni mucho menos intenta cambiar) las jerarquías raciales y de clase, y que, peor aún, se exonera a sí mismo con actos “caritativos” como “permitir” que las trabajadoras domésticas coman en la mesa con “los señores”.

Sin embargo, el sistema social, económico y político que sigue dando a las personas blanco-mestizas el poder de decidir quiénes se sientan en la mesa y quiénes no; es decir, quiénes controlan los recursos materiales y simbólicos, no solo no se cuestiona, sino que se naturaliza.

Por eso Herrera es enfática. “Aquí no se trata (solo) de ‘ser buena gente’ con las personas negras. Se trata de plata, de recursos, de poder”.

Herrera nos invita a reflexionar: “¿a quién realmente beneficia esa supuesta amabilidad?” Si esa amabilidad no viene acompañada de salarios y beneficios no solo legales, sino dignos, y de la lucha por la inclusión de las personas racializadas en todos los espacios sociales, laborales, y políticos, no solo no sirve de nada, sino que no es más que una forma más polite y solapada de perpetuar el racismo.

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