jueves 08 de agosto de 2019 - 12:00 AM

Palabras y estigma

El VIH es un virus infeccioso, no contagioso. La noción de contagio resulta re-estigmatizante pues fortalece prejuicios sobre las personas viviendo con VIH y los modos de transmisión del virus.
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Columna de
Juliana Martínez

El pasado 25 de julio publiqué la columna “Homofobia, xenofobia y VIH”. En ella denunciaba cómo, sin fundamento distinto a la homofobia, transfobia y xenofobia de un columnista del periódico El Frente, se culpaba a las personas LGBT y a los refugiados venezolanos por el aumento en el registro de casos de VIH del país.

Como expliqué en la columna esto no solo es una mentira, sino que hace gala de una profunda ignorancia respecto al VIH.

Sin embargo, una de las equivocaciones más serias respecto al VIH vino, no de dicho texto, sino de mi propia columna. Pues, como un querido colega me hizo caer en cuenta con mucha generosidad (pues era a mí quien me correspondía informarme debidamente), cuando de VIH se trata, no debe hablarse de “contagio” sino de “infección”.

El VIH es un virus infeccioso, no contagioso. La noción de contagio resulta re-estigmatizante pues fortalece prejuicios sobre las personas viviendo con VIH y los modos de transmisión del virus.

Esto se debe en parte a que la palabra “contagio” promueve la idea errada de que el VIH se transmite por cosas como compartir comida o incluso el espacio con las personas que conviven con el virus, o por interacciones como abrazos o besos, lo cual refuerza el estigma y la discriminación en su contra.

Las palabras que usamos sí importan. Sobre todo cuando estas se refieren a personas y poblaciones históricamente marginalizadas. Pues esto crea una dinámica perversa y letal en la que la vulneración sistemática que las personas enfrentan hace que tengan mayor probabilidad de contraer el virus que a su vez sirve para afianzar los prejuicios y la discriminación en su contra.

El VIH no tiene por qué ser una sentencia de muerte ni una amenaza a la salud pública. Lo que mata a miles de personas de todas las orientaciones sexuales y nacionalidades es la falta de educación en salud sexual, y la desigualdad social que niega el acceso oportuno y continuo a una salud integral incluyente, decidiendo quiénes de nosotros merecemos morir según los prejuicios de funcionarios, médicos, políticos, líderes religiosos y hasta columnistas.

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