jueves 21 de febrero de 2019 - 12:00 AM

Roma

Image
Columna de
Juliana Martínez

La aclamada película del director mexicano Alfonso Cuarón ha sido nominada a 10 premios Óscar, incluyendo mejor película, mejor actriz y mejor director. Se ha dicho que esto es un logro titánico para un film con una trama sencilla: la cotidianidad de una acomodada familia mexicana con su empleada doméstica a principios de los años setenta.

En repetidas ocasiones Cuarón ha dicho que ‘Roma’ es un homenaje a Liboria Rodríguez, la mujer de origen indígena que lo cuidó a él y a sus hermanos en la infancia.

Sin embargo, en vez de examinar el impacto real que el trabajo de Libo pudo tener en la vida de ella y de las relaciones de clase, raza y género que sostienen la desigualdad social, ‘Roma’ idealiza el sacrificio y abnegación de Cleo (el homónimo de Libo en la película) presentándolo no solo como la mejor opción para ella, sino como la única viable, y recompensándola con el afecto de la familia, no con condiciones laborales dignas.

Además, para ‘Roma’, Cleo no tiene ninguna relación importante fuera de la casa en la que trabaja. No tiene familia propia, los hombres de clase trabajadora son presentados, literalmente, como fantoches de circo, y hasta la muerte de su hijo resulta ser un conveniente desenlace que le permite a Cleo dedicarse enteramente al cuidado de niños acomodados y ajenos, por los que incluso está dispuesta a dar la vida sin recibir más que cariño a cambio.

Así, lo que hace a ‘Roma’ irresistible para tantos críticos es también su principal problema: pretende cuestionar un problema estructural (la desigualdad social basada en el racismo y sexismo), pero presenta una solución individual mayoritariamente emocional: Cleo recibe afecto, no dignidad ni justicia. Es decir que ‘Roma’ reproduce uno de los más viejos y efectivos tropos para naturalizar la desigualdad: la trampa del amor como justificación de la explotación de las mujeres, sobre todo las mujeres que pertenecen a grupos etnoraciales históricamente discriminados.

Por eso el triunfo de ‘Roma’ no es una reivindicación de las trabajadoras domésticas, sino un bello monumento que glorifica su explotación y calma nuestra conciencia.

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
Otras columnas
Comentarios
Comente con Facebook
Vanguardia no se hace responsable por las opiniones emitidas en este espacio. Los comentarios que aquí se publican son responsabilidad del usuario que los ha escrito. Vanguardia se reserva el derecho de eliminar aquellos que utilicen un lenguaje soez, que ataquen a otras personas o sean publicidad de cualquier tipo.
Publicidad
Publicidad
Publicidad
Publicidad