Publicado por: Libardo León Guarín
El fútbol como juego y espectáculo me atrae, sin el apasionamiento promedio de los colombianos; para distender socialmente está cumpliendo su cometido y como generador de negocios rebasa mucho otras ganancias. Cimentándose la Revolución Industrial inglesa a fines del siglo XIX, surgió para distraer masas humanas; buscaban obreros los días feriados alejados del alcohol y las riñas, que llegaran el lunes frescos y lozanos a rendir mejor en las fábricas; o sea taylorismo de fin de semana. Colateralmente, se fomentaron negocios para comidas, insignias y abalorios, vehículos para transporte, y se inició también el oficio de deportista profesional. Deporte de blancos, igual que el tenis antes de las Williams y el golf con Tiger Woods, cuando el fútbol llegó a países como Brasil donde los negros comenzaron a ser las estrellas, hubo casos similares al de “Polvo de arroz” ¡Ni qué Pelé, ni qué Pelé!; lo blanqueaban antes de salir a jugar para que no pareciera negro.
Pero después de 100 años de patadas, ¿para qué no se ha prestado el fútbol? Negocios y negociados turbios, masificaciones irracionales de vándalos, para fomentar la violencia en el país latinoamericano más violento, para espectáculos grotescos en las tribunas. Mafias arreglando partidos aquí y desde Asia, narcotraficantes disfrazados de mecenas, barrios cercanos a los estadios cuyos habitantes deben encerrarse ante frecuentes batallas campales a cuchillo y chuzo, muertos incluidos, buses con hordas fanatizadas haciendo y deshaciendo, venta de futbolistas como si aún estuviésemos en la esclavitud, consumo de estupefacientes y guarapos a la vista de todos y centenares de policías, pagados con dineros públicos, para intentar garantizar el negocio de los señores del fútbol.
¿Algo más? El uso de la masificación fanática desde lo político, para distraer los problemas sociales fundamentales, haciendo creer que la nacionalidad es un berrido arropado con el tricolor.
Este discurso patriotero ha calado sobre todo en los estratos más bajos de la clase baja, que se hace matar por un gol; primero para camiseta y boleta y después para la leche. Ser colombiano es mucho más que eso y al fútbol hay que reivindicarlo, porque hace rato tocó fondo; para poder gritar ¡que viva el fútbol!
ADENDA.- Ilegal e ilegítimos siguen siendo los $47 mil millones que van a gastar en el santísimo cerro. Las regalías no son para eso, en país laico y con prioridades urgentes. ¿Qué hay por debajo? Nos han estimulado tanto la desconfianza, que hacer esta pregunta se volvió rutina.











