martes 23 de julio de 2019 - 12:00 AM

Bosques de niebla

Si abuelas de hoy se ven obligadas ser empleadas del servicio para sus nietos, las de antes eran unas mamas grandes: más que los abuelos, eran punto central, ejes de referencia obligado. En Macondo fue Úrsula Iguarán y en este nuevo trabajo de William Ospina es Rafaela (“Guayacanal”. Penguin Randon House, 2.019, 248 pgs), la protagonista de una en crónica novelada sobre la colonización antioqueña del norte del Tolima siglo XIX, de la cual por aquí sabemos poco y confundimos con la más reciente siglo XX, cuando pasaron el río hacia el Magdalena Medio. Emigrados sonsoneños hicieron de nada, entre precipicios y avalanchas, la hacienda “Guayacanal” –por la abundancia de guayacanes amarillos que aquí poco amamos-; madre quinceañera, con el abuelo Benedicto tuvieron 8 hijos y 72 nietos, suficientes para expandirse por Herveo, Padua, Mariquita, Fresno, Salamina, Manzanares, Petaqueros; el cable Manizales-Mariquita y la traída del cultivo del café; desde la llegada hasta cuando las violencias seculares los fueron expulsando, en este país de huérfanos como lo llama Ospina.

Escrita con la acostumbrada elegancia literaria del autor de Ursúa, El País de la Canela, La Serpiente sin Ojos y su denso trabajo sobre Juan de Castellanos, otra vez cautivan las descripciones, las frases poéticas como las reflexiones políticas oportunas, que lo ubiquen como uno de los mejores escritores colombianos del momento. Trabajo de memoria personal sobre sus ascendientes, entre bosques de niebla –nació en Padua, antes Guarumo-, de tragedias y lances, bandoleros y asonadas, los tiempos del bipartidismo hasta nuestros días, hostigamientos desde púlpitos, medios y plazas, “Sangrenegra” y “Desquite”; otro testimonio sobre trashumancias esperanzadas, para que no todo sea olvido y aquí no ha pasado nada.

Usando fotografías en sepia recuperadas de álbumes familiares, va describiendo personajes y circunstancias, vida cotidiana, fiestas y trovadores, parentescos y accidentes, porque sigue siendo cierto que cada pueblo tiene su Macondo adentro.

Sea esta reseña bibliográfica invitación a leer calidades como esta de Ospina, sin ser la mejor de sus obras, que retrotraen nuestras propias memorias leyendo. Pobrecitos los pensionados que no gustan de la lectura, me comentaba alguien.

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