martes 28 de mayo de 2019 - 12:00 AM

Cumplir la palabra acordada

En las comunidades ágrafas palabra dada era mandato cumplido; con la escritura y la desconfianza en aumento, fueron los documentos firmados porque lo escrito, escrito está, mientras llegan leguleyos a “interpretar” lo que se quiso decir. Pero tampoco. ¿Qué nos queda? La fama de tramposos, mentirosos, embaucadores, enrolladores y charlatanes no exclusiva de los colombianos ni de todos ellos, afortunadamente para no lanzarnos por el Taigeto de la desesperanza; pero mal de muchos no puede seguir siendo consuelo de tontos.

Lo que viene sucediendo con los Acuerdos de La Habana–así con mayúscula-, tiene todos los tintes de estar en la fase del regreso y no en el posconflicto, que esperábamos fuese la etapa de las soluciones pactadas para la no repetición, atendiendo causas sociales origen de décadas de guerras. Conocidos personajes respaldados y aupados por guerreristas y terratenientes, que no quieren ceder apetitos para que a mayor equilibrio social mayor tendencia hacia la paz política, con el argumento caricaturesco de “si los pobres son pobres es algo natural; pero que los ricos dejen de serlo es una aberración histórica”. Volvemos a ver la desbandada de criminales pagados –sin que se investigue quién los paga- asesinado líderes sociales por reclamar derechos que serían por lo menos defendidos en el posconflicto. Pese a las críticas y al respaldo de organismos internacionales, al adjetivo de conejeros y a la evidencia “pambeliana” de ser mejor la paz que la guerra, desconocer que se trató de Acuerdos de Estado no de gobiernos transitorios, parece estar en la agenda de este gobierno con títeres y titiriteros adentro y desde afuera. Las andanadas contra la JEP descreditándola con ayudas de medios que no diferencian entre opinar e informar, las dobles apelaciones así de sopetón para salvar pellejos de políticos, paramilitares y corruptos -$17 billones robados en solo 207 casos según Transparencia-, la filtración de instrucciones militares para volver a evaluar éxitos y ascensos contando cuerpos, dejan en entredicho lo que esperábamos fuese el posconflicto, hoy sin avances pero regresando. Y otra vez con propuestas de “pacto nacional” o de elecciones plebiscitarias: si sirvieran para algo, dice K. Levingston, ya las habrían suprimido. ¿Seremos incapaces los colombianos de comprender que se firman Acuerdos políticos cuando no hay vencimiento militar; y que acordar significa ceder de ambos lados? ¿Cómo creerles después?

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