martes 08 de octubre de 2019 - 12:00 AM

La sal podrida

El modelo de vida que estamos trasmitiendo, donde solo importa el éxito a cualquier costo, resulta fatal
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No es de ahora, pero mal de muchos es consuelo para tolondros. A un cuestionado político santandereano, señalado por cobrarles “peaje” a quienes con sus influencias les conseguía puesto, le preguntaron si eso no era deshonesto; y su respuesta fue peripatética: ¿Y entonces cómo se hace la política? Los cronistas de Indias y los pleitos en tres siglos de Colonia más doscientos de República, dan cuenta del arraigo de la corrupción; en casos reportados entre 2.016-18, Santander venía ocupando el primer puesto, como bien pudo haber sucedido en otra parte. El número de candidatos inhabilitados para las próximas elecciones, en primer lugar por corrupción, nos están diciendo que ni estamos en el país más feliz del mundo, ni en el más limpio. Así podríamos extendernos por toda América Latina, porque no estamos solos, ni es solo por el sector oficial; en el privado la cosa no anda mejor, por lo general en el papel de corruptor, dentro de la relación binaria indispensable.

Las respuestas a esta patología social tan enquistada en el ethos de los colombianos, han sido las de incorporarlo como normal, dejarlo pasar sin ver ni mirar –es más lo que no sabemos que lo que sabemos-, o aprehender algunos delincuentes para mostrar que sí hay gobierno, cuántas veces mediando estrategias políticas ocasionales, enviándolos a prisiones doblemente corrompidas, como lo acabamos de ver con otra fuga de película y ridículo; mundos sórdidos, macabros, que reproducen en pequeño al país delincuente. También de nuestra idiosincrasia es creer que atacando, si es que se atacan, las consecuencias y colorín colorado. Corrompidas las cárceles, -hay que ver lo que sucede al interior entre internos-, los jueces, los guardianes y la administración, seguir insistiendo en que solo penalizando consecuencias saldremos del atolladero, es solo medio camino.

Insisto desde la sociología, igual que el médico para atacar la enfermedad de raíz, que corrompida la sal en cárceles y administración de justicia, se debe ir a las causas para controlar los factores incidentes en la patología; a largo plazo desde luego pero comenzando ya, utilizando la educación en su más amplio sentido formativo: el modelo de vida que estamos trasmitiendo, donde solo importa el éxito a cualquier costo, resulta fatal para el caso de la corrupción por ejemplo, si queremos realmente corregir desviaciones sociales estructurales que nos avergüenzan.

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