martes 26 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

Muros y golpes

Colombia, de comadrona, reconoció rápidamente a los golpistas también ‘defendiendo la democracia’.
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Mientras el mundo occidental celebraba regocijado, con proclamas, juegos artificiales, concentraciones y exposiciones los 30 años de la caída del Muro de Berlín (Nov. 10/1989), construído por la previsible separación de los Aliados terminada la II Guerra, la ultraderecha latinoamericana igual se regocijaba con el golpe de estado en Bolivia. Los primeros celebraban el triunfo del bien sobre el mal, la libertad sobre la opresión, la democracia sobre la tiranía. Pero de entre los escombros del muro se levantó el ave fénix, multiplicándolo.

Según la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), de 16 vallas, alambradas, fortalezas y muros fronterizos existentes en 1989, se pasó a 70 actuales, que son más que pasos aduaneros, ubicados entre las Coreas, India-Pakistán, Hungría, Israel, Guantánamo, Líbano, Marruecos, Libia.... y el muy promocionado que deberán pagar los mexicanos, según el Presidente Trump. ¿Motivos? Desde frenar el terrorismo, persecuciones políticas, el hambre, la miseria y controles raciales hasta consecuencias imprevistas de la globalización, queriendo hacer del mundo un pañuelo para el mercado.

Otra cosa fue la muralla china, hoy memoria histórica, construida más para desarrollarse encerrándose. Y la cortina de hierro, que vale una anécdota reflejo de la ignorancia: una señora me preguntaba cómo había hecho para atravesarla si, imantada al máximo, atrapaba todo vehículo metálico que intentara traspasarla.

No olvidemos que la América redescubierta es resultado, también, de la barrera impasable por dominios del Imperio Otomano, viajando hacia Oriente.

Muros como golpes de estado son reacomodos de fuerzas políticas; la ultraderecha, biblia en mano “salvando la democracia”, promete regocijada llevar a Dios y a la minoría blanca al poder en Bolivia, país indígena y de Constitución laica.

No importan los resultados del primer gobierno indígena en su historia: el PIB en 13 años pasó de US$ 11.000 a US$ 40.228 millones, la pobreza bajó de 59,9% al 36,4% y la extrema del 38% al 15%; el salario mínimo pasó de US$ 60 a US$ 310, la expectativa de vida subió de 65 a 70 años, el analfabetismo se redujo al 3% y el desempleo pasó del 8,1% al 4,2%. Ya no era la Haití de Suramérica. Pero Colombia, de comadrona, reconoció rápidamente a los golpistas también “defendiendo la democracia”. Igual lo había hecho del lado de Inglaterra cuando las Malvinas y ahora en la ONU contra 96% de países que rechazaron nuevamente el bloqueo a Cuba.

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