martes 30 de julio de 2019 - 12:00 AM

¡Oh júbilo inmortal!

La independencia soberana debe ser real en convivencia con naciones disímiles respetuosas y respetables.
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Vi por TV la celebración del 14 de Julio (fiesta nacional francesa) en los Campos Elíseos, con todo el esplendor de un pueblo nacional que tiene sentido de pertenencia. Me trasladé a la celebración de los 200 años de la batalla que selló la independencia del imperio español y entendí que la pobreza de nuestros preparativos se corresponde con lo poco por celebrar. Frases huecas, algunas ya ridículas, de nuestro himno proclaman mandatos vacíos que en dos siglos no se han podido cumplir.

Solo unas pocas: “La virgen sus cabellos...”, “En surco de dolores el bien germina ya..”, “Oh júbilo inmortal...”, “Independencia grita...”, sin tratar de hacer un análisis de contenido del himno. Cuál independencia, por ejemplo, si en La Guajira se gastaron una milmillonada para que los Wayú abandonen su idioma y, sin aprender aún el castellano, se pasen al idioma inglés que es el idioma del imperio vigente. Y así sucesivas influencias contraculturales: España, Inglaterra, Francia, EEUU; que lo diga el “spanglish” cotidiano y en nuestras vitrinas. La independencia soberana debe ser real en convivencia con naciones disímiles respetuosas y respetables. Cuál independencia y cuál júbilo inmortal con un gobierno mandadero, con ministros camorreros que prefieren andar buscando problemas y comprando armas para la guerra con los vecinos, como si no tuviésemos suficientes problemas internos por solucionar. De no ser que se trate de taparlos mirando para otro lado.

Son 2.400 meses de más desaciertos que aciertos; durante 200 años no hemos podido siquiera consolidar una nacionalidad colombiana, la cual hacemos radicar en algo tan frágil como la selección de fútbol. Dos siglos de guerras como la que algunos quieren revivir contra Venezuela o reversando el más reciente proceso de paz; y de gobiernos que poco dejaron para emularlos: todo parece indicar que solo los de José Hilario López (1.849) y Alfonso el Viejo López, pasarían la raya de los echados para adelante; porque ni con un Duque en la presidencia parecen mejorar las cosas. De todas maneras, sigamos cantando ¡Oh gloria inmarcesible! con el ¡Oh! romántico, sin saber qué cantamos.

ADENDA.- En estos días de patriótico autoanálisis, quien lee un libro no debe ser porque ya se acabó la Copa América. El de Antonio Caballero “Historia de Colombia y sus Oligarquías (1.498-2.017)” puede ser una opción.

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