martes 02 de diciembre de 2008 - 10:00 AM

Temas Urbanos

La desconfianza.- Para cualquier organización social resulta grave que sus adherentes, miembros o asociados, entren en sospechas acerca de sus ejecutorias y propósitos; puede ser el comienzo del quiebre, bien porque hay evidencias que socavan la confianza o porque el rumor y la desinformación terminan haciendo aguas la credibilidad.

Está sucediendo con organizaciones institucionalizadas como la iglesia católica, por su identificación nada nueva con los intereses de las clases sociales altas o por los escándalos de pedofilia, pero también con gobiernos de mucho ruido y pocas nueces, magnificados con aparatos mediáticos que se van desmoronando cuando la realidad contradice las palabras.

En Colombia el crecimiento de esta desconfianza anuncia costosas explosiones sociales manifiestas ya en estampidas como las vistas en Mocoa, en Honda o aquí en la UIS, que recuerdan el 9 de abril/48, resultado de la pérdida de credibilidad en un gobierno que ofreció la meritocracia, decapitar la corrupción y la politiquería de lo cual muy poco queda; que centra su éxito en la seguridad democrática, reducida a que los ganaderos visiten sus hatos y los industriales dirijan sus fábricas, con todo el derecho que les asiste, mientras la pobreza y la miseria llevan a que la inseguridad ya no garantice tapas en las alcantarillas, cables telefónicos ni celulares amarrados con cadenas, porque pretenden solucionar problemas sociales con medidas militares y a dedo en los promovidos consejos comunales, sin resultados serios que resistan evaluación favorable.

O desconfianza en las fuerzas armadas con miembros implicados frecuentemente en delitos de corrupción, falsos positivos, violaciones a los derechos humanos y apoyo a grupos violentos de derecha. Desconfianza en el sistema bancario –la base fundamental de todo el sistema económico es la confianza, decía P. Samuelson-, al cual analistas achacan parte de culpa en los negocios de felicidad rápida y del efectivo debajo del colchón. No es el socorrido sol en las espaldas; son tantos los motivos para desconfiar que algunos no nos explicamos cómo el gobierno y el señor Presidente siguen manteniendo altos porcentajes de popularidad, aún entre los pobres y miserables.

Hay varias hipótesis para explicarlo, entre otras el imaginario religioso de un salvador que nos redime y otra: el programa Familias en Acción con 3 millones para el 2.010, que multiplicadas por 6 beneficiarios directos e indirectos son 18 millones de personas; hoy pueden ser 15. Sabemos, sin embargo, que la caridad es solución pasajera, jamás estructural y que amarra afectivamente a costa de la dignidad, comprometiendo lealtades y silencios.

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