martes 14 de julio de 2009 - 10:00 AM

Temas urbanos

País y patria.- Lisandro Duque Naranjo citó recientemente en El Espectador una frase de Bukowski –entiendo que del escritor de poemas, novelas, relatos y cartas (1920-1994) y no del disidente ruso-, sonora y políticamente tajante: 'Amo a mi país pero detesto a mi patria', explicable por su condición de alemán norteamericanizado en circunstancias de pueblo-cuartel vividas en Alemania.

Cobra actualidad la diferencia entre los dos conceptos, que no son solo palabras, en países como Colombia y en todos aquellos donde las soluciones de fuerza se presentan como única alternativa a los problemas sociales generadores de rebeldías y resquebrajamientos institucionales, sin entrar a calificarlos.

Como los Estados latinoamericanos, diferente de los europeos, no tuvieron origen en nacionalidades o países que después de 200 años no terminan de formarse, pues aún tenemos conflictos limítrofes derivados de la independencia política de España, pertenecer a un país o a una nacionalidad –la colombiana por ejemplo- no conlleva mantener arraigadas convicciones en el origen ancestral e histórico de nuestros pueblos, ni sobre los rasgos culturales propios, que es lo que identifica sociológicamente a una nacionalidad o a un país. Al contrario, por descastamiento cultural durante la colonia española y luego en la neocolonia republicana, existe la tendencia a devaluar el pasado, a verlo nebuloso e inconveniente para nuestro éxito como pueblo. Es decir, poco de país.

Pro sí mucha patria, exaltada con la sacralización de los símbolos; preocupación muy del siglo XIX creando banderas, escudos e himnos, para ver, entre otras cosas, si alrededor de ellos se formaba la nacionalidad.

El resultado, un país frágil y una patria fuerte más militar que civilista, exultante de nacionalismos con los vecinos y de la cual el gobierno hecha mano buscando apoyos emotivos más que alegando la realidad del país. Mientras los estadistas hablan de país, los caudillos, mano al pecho y manija tricolor, invocan la fuerza de la patria; tanto seduce a las extremas, que llaman apátridas a quienes no los secundan. Por eso me gusta la frase de la Gobernación 'En Santander hacemos país' y detesto el bambuquismo cursi de letras patrioteras y zalamerías oficiosas, bien distante del nacionalismo musical de Sibelius o de Uribe Holguín.

En fin, defender el país conduce a la preocupación por el bienestar colectivo; defender la patria incluye la guerra, con aberraciones como la de convertir la violencia en la mayor fuente de empleo en Colombia (paras, guerrillos, militares, vigilantes, informadores, soldados profesionales y conscriptos), todos listos a defenderla.

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