Publicado por: Luis Ernesto Ruiz
Lo conocí desde mi infancia. Ya lo había recordado cuando despedimos a Maruja -su esposa- el año pasado; cuando se le adelantó en el camino al Oriente Eterno. Reflexioné sobre ese hermoso pasado que compartieron nuestras familias. Era la época -como lo manifestó un amigo en su funeral- en que ser honrado no era notorio, porque eso eran el común de las gentes. Nos infundía respeto, además del que se le tenía en ese entonces a los mayores, por su carácter benévolo y por su sonrisa conciliadora permanente, en especial por sus enseñanzas en el quehacer diario.
No solo fue un hacedor de leyes, lo fue el de conquistar la tierra. Con mi padre, el tío Policarpo, Efraín Ardila y el doctor Luis Aurelio Díaz colonizaron en el Magdalena Medio tierras, para dedicarlas a la ganadería y como pioneros del cultivo del cacao, el que empezó a incrementarse en gran forma después de visitar los cultivos del Ecuador. Tarea difícil, no solo por lo inhóspito de esas selvas vírgenes, sino por la situación de orden público de unos grupos subversivos, -esos si lejanos al narcotráfico y a la intimidación y secuestro de hombres de campo- donde muy cerca, en Patio Cemento, fue dado de baja el cura Camilo Torres.
Ese hombre bonachón y campesino, amigo de las gentes, que amó la madre Tierra y lo que de ahí se desprende; de andar siempre pausado, charla amena y consejo oportuno, fue el que conocí en mi juventud.
Ya hemos leído muchas cuartillas de su trajinar por el mundo y el develar por este pedazo de patria que hoy recorre ásperos caminos. De su legado eterno, como fue su ejemplo de vida, y de los sólidos cimientos de una institución para formar seres que ayuden a conducir el país por mejores senderos; donde el bien común vuelva a ser el pan de todos los días, donde el ser honesto en el desarrollo de las actividades de la vida sea el común denominador y donde el servir sin interese mezquinos sea la directriz de los hombres. Ese sería el mejor recuerdo de esa llama que se apagó sin reclamar nada.









