lunes 08 de julio de 2019 - 12:00 AM

Abanderados

¿No aprendimos la lección del asesinato del defensa Escobar por empujar un balón en su propio arco en el Mundial de Estados Unidos 1994? La respuesta es no.
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El único momento en el que los colombianos nos arropamos con la misma bandera es cuando juega la selección de fútbol. Resulta grato ver como los estratos sociales desaparecen cuando la camiseta, que lleva los colores patrios, se vuelve uniforme, sin importar si se es alto, gordo, rubio, joven, ejecutivo, mensajero, rico, pobre, gay, petrista o uribista, así sea por cumplir un partido amistoso que la ‘tricolor’ vaya a enfrentar.

Ese día el optimismo se ‘respira’ en el ambiente y el orgullo nacional se instala en su pico más alto. Lo triste es que eso dura hasta que el azar se atraviesa y uno de esos once gladiadores, que dejó todo en la cancha, yerra su tiro desde el punto penal y la noche le cae encima. En Colombia somos tan salvajes, que aparecen cavernícolas de esos que se disfrazan de macho, para lanzar amenazas de muerte a ese futbolista que horas antes marró su disparo.

Días difíciles estará atravesando William Tesillo, el jugador de la representación colombiana en la recién finalizada Copa América, que no anotó el decisivo penal contra Chile. En redes sociales le desearon la misma suerte que a Andrés Escobar. Ahí es cuando uno se pregunta ¿no aprendimos la lección del asesinato del defensa Escobar por empujar un balón en su propio arco en el Mundial de Estados Unidos 1994? La respuesta es no.

Todo lo contrario. Defender los colores de una bandera representa en este país, como se dice popularmente, ‘marcar calavera’. O sino pregúntenle a ese ‘virtuoso’ ciudadano paisa, provocador de profesión, que en un arranque de hombría decidió hace unos días bajar la bandera multicolor del orgullo LGBTI, izada en el Cerro Nutibara en Medellín como muestra de tolerancia e inclusión con esta población, para destrozarla a cuchilladas, botarla a la basura y lanzar mensajes homofóbicos con una pesada carga de amenazas y prejuicios sexuales.

La distorsionada defensa de unos colores, o el rechazo que causan, no pueden otorgarle a unos falsos ‘abanderados’ patente de corso para ir ajustando cuentas contra todo aquél que piense, diga o haga lo que no les parece.

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