lunes 17 de febrero de 2020 - 12:00 AM

Arrogancia insufrible

Vicky Dávila y Hassan Nassar fueron presos de un pecado capital en el mundo de las comunicaciones: la arrogancia.
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El martes de la semana pasada los colombianos vimos, entre el asombro y la vergüenza, el crudo enfrentamiento entre la periodista Vicky Dávila y el asesor de comunicaciones de la Casa de Nariño, Hassan Nassar, en una entrevista en vivo para un medio digital, episodio que le propinó un duro golpe a la credibilidad de un oficio que, con más frecuencia de lo que debiera ser, se deja superar por la megalomanía de quienes, por regla, deben evitar a toda costa ser protagonistas.

Ambos comunicadores, con posiciones de afecto hacia tendencias políticas conservadoras olvidaron el consejo que, tiempo atrás, dio el jefe máximo del Centro Democrático a uno de sus lugartenientes quien, al explicar las razones por las cuales el No ganó el plebiscito para la refrendación del Acuerdo de Paz, dijo que el pueblo tenía que “salir a votar emberracado”, justificando la campaña negra en redes sociales que, a la postre, ‘asustó’ a los electores. “Hacen daño los compañeros que no cuidan las comunicaciones”, dijo en ese entonces este líder.

Una de las principales tareas de una oficina de comunicaciones es realizar un trabajo impecable, prácticamente invisible, evitando que el mensaje se pierda entre los laberintos de las pasiones de quien lo emite, en este caso, de quien actúa como vocero del Presidente. En la otra orilla debe prevalecer el equilibrio y la distancia frente al entrevistado, aplicando siempre los mismos estándares de rigor, respeto y ponderación, pero jamás llegar al extremo, por más que la situación suba de tono, de insultar al invitado.

Esa mañana, para analistas, reporteros y opinión pública en general, el periodismo murió un poco. Los jóvenes estudiantes de una carrera como la comunicación social tienen ante sí un claro ejemplo de lo que no se debe hacer nunca en un ejercicio periodístico. El vocero del Presidente olvidó que era justamente eso, el encargado de hablar en su nombre y no en el propio, y la periodista se bajó de su tribuna privilegiada para irrespetar a su audiencia. Dávila y Nassar fueron presos de un pecado capital en el mundo de las comunicaciones: la arrogancia.

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