lunes 03 de junio de 2019 - 12:00 AM

Ataques de belleza

Aparecen para prometer, pero una vez en el ejercicio de sus funciones, no son capaces de contestar, ni siquiera, un mensaje en WhatsApp.

La vanidad de los gobernantes da para todo. El afán por instalar su nombre en la historia, así sea a punta de empellones, se volvió regla. El buen amigo Alfonso Becerra, que dirige una iniciativa cultural en esta ciudad, me nutre cada tanto de ejemplos cercanos en los cuales nuestros dirigentes, buscando como propio el reconocimiento, se aprovechan de las obras que son pagadas por los contribuyentes, para que se conviertan en reflectores de su ego.

No hay forma de que los representantes de la voluntad popular, porque eso es lo que supuestamente son, acepten con humildad ser espectadores y no protagonistas. La ciudad metropolitana, desde hace varios años -lo digo con conocimiento de causa- propone diferentes espacios de encuentro con el fin de tomarle el pulso a su desarrollo. Allí es donde se encuentran -debería ser así- lo público con lo privado, los gobernantes con sus ciudadanos, los elegidos con sus electores, para entre todos debatir, en los mejores términos, cómo estamos avanzando, de qué manera se hilvanan los esfuerzos hacia el progreso, cuáles son los principales problemas por resolver y qué acuerdos pueden surgir.

Pero no, obedeciendo tal vez a una exageración del marketing político, los asesores que los rodean preguntan, sin ningún pudor, si el nombre del ‘doctor’ aparecerá en la primera diapositiva. O, si son invitados a eventos como el que describí en el párrafo anterior, condicionan su asistencia si se garantiza un espacio para la intervención y el lucimiento de su ‘jefe’.

Por eso, en muchas iniciativas a las cuales los gobernantes son convidados, brillan por su ausencia. Una dirigente gremial lo dijo claramente el jueves pasado, en un foro de alcance nacional, convocado por el Canal 1, sobre el mero interés electorero que convoca a la clase política. Aparecen para prometer, pero una vez en el ejercicio de sus funciones, no son capaces de contestar, ni siquiera, un mensaje en WhatsApp.

Despreciar esos espacios con la arrogante indiferencia del poder, que es efímero, nos pone en el peor de los escenarios: un diálogo de uno solo y a merced de los ataques de vanidad.

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