lunes 15 de abril de 2019 - 12:00 AM

El control de las narrativas

El ser humano ha buscado siempre reconstruir su pasado como forma de dejar un legado para la posteridad. El pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla, dice el refrán. Científicos, investigadores, antropólogos, historiadores y periodistas, categorías que trabajan con los hechos como materia prima, tienen la difícil misión de aproximarse a la verdad con todo el rigor posible.

El descubrimiento de una nueva especie humana, el Homo luzonensis, que vivió al mismo tiempo que el Homo sapiens, en la isla filipina de Luzón, hace por lo menos 50 mil años, o la revelación de una fotografía en la cual se captó por primera vez un agujero negro en la galaxia denominada Messier 87, son ejemplos frescos de esa lucha incansable por acercarse a la verdad, para atrás y para adelante, que obligan a que la historia, todos los días, se reescriba.

Por eso la verdad es un imperativo en cualquier sociedad. Los regímenes fascistas que atizaron las guerras mundiales en Europa son el referente que tenemos más a la mano, como ejemplo claro de que la ambición, los dogmatismos y el poder, son capaces de torcer el curso de la verdad. El recuerdo del Holocausto, según el diario español El País, figura en museos y monumentos repartidos en los cinco continentes. Estos lugares son, en cierta forma, la evidencia incontrovertible de la verdad. Salvo que alguien quiera esconderla. Ahí está la terrible amenaza que se cierne sobre ella.

Dejar la memoria en manos de gobiernos doctrinarios, en ese mundo árido en el que se ha convertido la búsqueda de lo cierto, es un riesgo mayor, un asunto que, en palabras del profesor de la Universidad de los Andes, Iván Orozco, experto en justicia transicional, “es un hecho cultural que la sociedad, a escala global, está pasando por una doble crisis, epistemológica y tecnológica, con efectos todavía no suficientemente comprendidos sobre el valor social de la verdad”.

La búsqueda de la verdad, en este país, vive en entredicho. Controlar las narrativas de la memoria atropella el derecho de cientos de miles de víctimas a que se haga justicia.

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