lunes 18 de mayo de 2020 - 12:00 AM

Pónganle cabeza

Lo primero que tengo que decir es que nadie estaba preparado para esto. La pandemia no se puede convertir en la atarraya que nos permita pescar en río revuelto
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Intenso debate se ha suscitado entre estudiantes de instituciones de educación superior reclamando rebajas o descuentos en las matrículas por cuenta del aislamiento preventivo obligatorio, que los mandó a casa por lo menos hasta el 31 de mayo próximo, argumentando entre otras cosas que la virtualidad es más barata que la presencialidad, la preocupación por recuperar los espacios de práctica que no han podido tener, las dificultades de conectividad y/o acceso a un computador y la incertidumbre por el futuro más inmediato.

He sido profesor universitario por más de veinte años, he visto en vivo y en directo cómo han cambiado las generaciones y, además, he sentido en carne propia los desafíos que esta coyuntura nos ha impuesto. Lo primero que tengo que decir es que nadie estaba preparado para esto. La pandemia no se puede convertir en la atarraya que nos permita pescar en río revuelto, y eso es lo que observo en muchas conversaciones, principalmente en redes sociales, señalando de indolentes a las universidades por no hacer caso a sus peticiones de ordenar descuentos.

Hace unos días, por razones de mi trabajo, asistí a una reunión virtual abierta con representantes estudiantiles, con transmisión a toda la comunidad universitaria, para dar a conocer las medidas tomadas para aliviar de alguna manera las lógicas necesidades, que por cuenta del duro golpe económico están sufriendo los hogares colombianos, y el nivel de escucha de quienes hacían sus comentarios por la red social era más o menos como el de una tapia.

Ni una oportunidad se dieron para atender y entender las propuestas presentadas. Ese ha sido el comportamiento generalizado de los estudiantes universitarios en el país desde hace varias semanas. Cuando se trata del bolsillo todos nos unimos, pero la frustración es enorme al ver la calidad del debate de los muchachos, ni un ápice de reflexión, cero argumentación, mucha ‘mamadera de gallo’, poco esfuerzo por usar la razón y, lo más penoso, sí un lenguaje grotesco e irrespetuoso lleno de ruido que dificulta el diálogo. El comentario más sensato que leí fue “dejen de ser ignorantes y más bien escuchen”.

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