jueves 14 de octubre de 2021 - 12:00 AM

En búsqueda de una normalidad adecuada

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Consecuente con lo que estamos “padeciendo” en Colombia, en el mundo, es conveniente teorizar un poco. Una auténtica democracia política mal puede quedar reducida al asfixiante ámbito en que no pocos quisieron colocar a la democracia colombiana: la del acuerdo de dos partidos para el cómodo disfrute del poder. Ni tampoco puede concebirse que la consolidación de una paz dinámica repose esencialmente sobre tan frágil presupuesto. La democracia moderna es la democracia del ciudadano, en la que este no se sitúe como un simple sujeto pasivo de las determinaciones de un poder distante y poderoso, sino como protagonista, en mayor o menor grado, del acontecer nacional que tiene que ver con su vida y la de los suyos.

No se trata de buscar nuevas fórmulas institucionales. El país está cansado de observar la actitud de los dirigentes que creen que las situaciones cambian con normas y no con hechos que modifiquen las injusticias enquistadas. Son cosas que muchos consideran de poca monta, pero que al analizarlas con mirada hacia el ayer y con proyección hacia el mañana su alcance es diferente. Es el fortalecimiento del sindicalismo tendiente a establecer un equilibrio en el dialogo entre patronos y trabajadores de las cooperativas para la defensa de la producción, mercadeo, consumo de los más débiles en el proceso económico de las Juntas de Acción comunal, ese dinámico tejido de la patria que con voluntad creadora ha venido convocando desde hace mas de un cuarto de siglo las latentes energías de las clases marginadas de Colombia.

Hay que “liberar” al ciudadano, y para ello es indispensable la configuración de un humanismo volcado hacia el ser humano, considerándolo no como un objeto sino como un sujeto, no como un medio sino como un fin, no como un ente sino como una persona plena de atributos. Existen una serie de murallas que hay que saltar y que todavía preocupan a los colombianos. Es por esas consideraciones que el debate del mundo contemporáneo es el de la dimensión del Estado. El Estado es demasiado grande para las cosas pequeñas y demasiado pequeño para las cosas grandes. Menos Estado y más eficacia, es reclamo extendido entre las gentes. La opresión de Estado en el momento actual, no está en la fuerza arbitraria, sino en la maraña constrictora de regulaciones y en el marginamiento del ciudadano en la toma de decisiones.

Sin educación no hay participación y sin participación no hay democracia. Si el hombre no sabe cómo encontrar satisfacción a sus carencias, si no es capaz de asociarse con aquellos que tienen necesidades, apetencias anhelos similares, va a ser, en mayor o menor grado, marginado socialmente. Todo ello sabiendo que sin dolor no hay ganancia.

El hombre es un animal político, decimos desde Aristóteles: “El que no puede vivir en comunidad o que nada necesita por propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios”.

luispinillapinilla@hotmail.com

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Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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