jueves 05 de diciembre de 2019 - 12:00 AM

No conocer la historia obliga a repetirla

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Por ello me propongo en este artículo, una vez más, hacer un análisis de nuestras historias de violencias, buscando conocer la historia. Por los más de veinte años de violencia partidista y también por lo que hubiera podido quedar de herencia cultural, después de todo un siglo de guerras civiles sucesivas, en el siglo XIX. No me refiero a si tenemos o no genes violentos, tema de la biología y la medicina, trato de una cultura de violencia que, entre otras manifestaciones, se expresa en un sentimiento de venganza, de desquite.

Desquite del que David Bushnell dice para 1931: “en varios departamentos se registraron episodios violentos. En algunos casos, estos se iniciaron cuando los liberales jubilosos empezaron a saldar viejas cuentas, a vengarse por injusticias reales o imaginarias causadas durante el mandato de sus adversarios”; y para 1946: Hubo estallidos de violencia por las mismas razones; solamente que esta vez se trataba de conservadores que salían a cobrar las viejas deudas y ofensas que había acumulado durante años de predominio liberal.” Es en lenguaje popular, “la destorcida”. Más adelante uno de los bandoleros abatidos por el Ejército en 1964, se hacía llamar “Desquite” –William Aranguren-.

Cultura de la violencia que escritores y artistas colombianos plasmaron en sus obras. Empecemos con Gabriel García Márquez y lo que nos quedara de herencia del Siglo XIX, en “El coronel no tiene quien le escriba”, cuyo desarrollo se sitúa en las guerras civiles, que terminan con la Guerra Civil de los Mil Días, 1899-1902. El coronel espera inútilmente la reparación económica que ordenara el Congreso, porque “Esto no es una limosna. No se trata de hacernos un favor. Nosotros nos rompimos el cuero para salvar la República”; la novela concluye con el diálogo entre el coronel y su esposa:

“’Y mientras tanto que comemos’, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía.

- Dime, que comemos.

El coronel necesitó 75 años –los 75 años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: -Mierda.”

Del mismo García Márquez y ya en la época de la violencia partidista, en alguna parte de su novela “La mala hora”, leemos: “Usted no sabe –dijo- lo que es levantarse toda las mañanas con la seguridad de que lo matarán a uno, y que pasen diez años sin que lo maten.”

Siguiendo con Gabo, en Cien años de soledad, encontramos un compendio de nuestras violencias; la gran conclusión de Aureliano Buendía es que toda esa interminable sucesión de guerras no ha servido para nada.

¡La “invitación” es a que busquemos conocer la historia!

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