jueves 21 de octubre de 2021 - 12:00 AM

Violencias de hoy, herencia de un pasado

Escuchar este artículo

Consecuente con lo expresado en artículos recientes, atinentes a la pandemia que estamos “padeciendo”, y nuevamente con la venia de mis lectores, continúo con la teoría y la historia yendo a mi libro editado y publicado en 2011. Allí me acojo a ideas expresadas en el prólogo por el Sacerdote Eduardo Díaz Ardila, tristemente fallecido hace aproximadamente dos años. Escribe Eduardo: “Tengo el gusto de conocer a Luis Pinilla Pinilla desde principios de los años setenta, cuando llegué a trabajar en Barrancabermeja como sacerdote y él era Alcalde de esa ciudad. Desde entonces me di cuenta de su preocupación por la paz, que nace desde sus raíces familiares, dado que su padre fue víctima de la violencia partidista en Barrancabermeja el nefasto 9 de abril de 1948.”

En cuanto a las ideas expresadas por Eduardo, “una cultura de la violencia” no es la causa única de nuestras violencias y mucho menos habla de componentes genéticos, tema propio de la investigación biológica, pero sí mientras no consigamos aceptar para superarlo, que hay un ingrediente cultural en nuestras violencias, será una quimera tratar de construir la paz. Ese ingrediente cultural, es el influjo que nos viene de esa tradición histórica de repetición de guerras a lo largo de los años, en diversas formas y por diversos motivos.

Las diversas expresiones de violencias crecen en formas culturales en una doble dirección propias de nuestro pueblo, que constituyen como su caldo de cultivo, pero a su vez alimentan ese ambiente cultural para reforzarlo y profundizarlo. El narcotráfico se alimenta de una cultura que no tiene en cuenta el respeto a ley y a la ética, así como en una sociedad de consumo, que valora todo por sus efectos económicos; igualmente lo favorece la debilidad e ineficiencia del Estado, que lo hace incapaz de responder a los requerimientos de la situación nacional, especialmente a las necesidades e intereses de los sectores más pobres. El narcotráfico llena ese vacío y se implanta con la complacencia o tolerancia de la población. Pero a su vez fortalece esa cultura de la ilegalidad y el consumismo, generando la narco mentalidad: hacerse rico lo más pronto posible, con el menor esfuerzo y sin miramientos a la ética o la legalidad de las acciones a realizar.

En palabras del Sacerdote Francisco de Roux: “La mafia llenó también el vacío del Estado. Los narcotraficantes distribuyeron ingresos, ofrecieron seguridad social, dieron limosnas, construyeron centros vacacionales, pagaron festivales populares, establecieron a su manera su propio estado de bienestar y dictaron sus leyes.

En semejante situación ´narco´ es un prefijo que se pegó naturalmente de todo el tejido social: hay narcolimosnas, narcoguerrilla, narcoejército, narcopolicía, narcojueces, narcofútbol, narcocomerciantes, y por supuesto narcoparlamentarios.”

El narcotráfico se constituye en alimento de la guerrilla y los paramilitares y como ingrediente que genera una manera de ser del Estado y un compromiso diferente de quienes lo manejan y de la misma opinión pública.

luispinillapinilla@hotmail.com

Autor
Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia Liberal no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
Otras columnas
Publicidad
Publicidad
Publicidad