domingo 11 de octubre de 2015 - 12:01 AM

Bucaramanga pobre

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Los barrios más pobres son protagonistas de la contienda electoral. Y no porque pongan al Alcalde, pero sí ayudan mucho y eligen concejales. Por eso, las campañas políticas, torpes y desmedidas, les cuelgan pasacalles por doquier, ensucian los postes de luz más que en cualquier otro lugar y hasta les ‘pintan’ las casas con publicidad. Por plata o gratis, da lo mismo, es un abuso, un exceso que evidentemente no se aguantarían los ricos. Pero más allá de la propaganda, su relevancia electoral explica la supervivencia de concejales clientelistas y subraya una obviedad, que aquí ya hemos advertido y que vale la pena recordar porque a muchos acomodados se les olvida; Bucaramanga es una ciudad segregada, donde miles de personas viven en la pobreza, marginados de los más elementales bienes públicos, excluidos de los inagotables y aquí clasistas beneficios de lo urbano.

Basta con ir a Morrorrico en el nororiente, a los barrios del norte norte, a los del noroccidente en el valle del Río de Oro, o a los del suroccidente, en las faldas de Provenza, para comprender el desequilibrio social de esta urbe. Sin contar los asentamientos vulnerables de Girón, Floridablanca y Piedecuesta, que acogen la pobreza de la capital santandereana. Las estadísticas enorgullecen, dizque porque estamos mejor que el resto de Colombia. Las calles preocupan, porque cuentan el diario vivir, la mera y dura verdad.

El gobierno de Bucaramanga, no el de turno sino el de siempre, borracho entre sus delirios de grandeza, las megaobras viales y las roscas que lo manipulan, ha sido incapaz de intervenir de manera ambiciosa y transformadora la ciudad pobre y periférica, donde la movilidad opera a medias y no es integral, donde los parques, otros espacios públicos recreativos, los colegios, los centros de salud y hasta los andenes son precarios. Si acaso la ha ‘formalizado’, con la legalización de construcciones en zonas de muy alto riesgo ambiental o la promoción masiva de proyectos de vivienda barata y de baja calidad, lejos del centro y del equipamiento urbano que exige el desarrollo social. Esta foto, aunque atenuada por la pujanza de la gente, trabajadora y emprendedora, de las familias que resisten, termina justificando además el poder de los concejales que mercantilizaron las necesidades.

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