viernes 05 de marzo de 2010 - 10:00 AM

El rumbo no se perderá

Hace una semana se cerró oficialmente el capítulo más próspero de Colombia desde que nací, y por lo que me cuentan, de los más positivos de toda nuestra historia. Más allá de los comentarios de los que adoran al Presidente y de aquellos que absurdamente lo detestan, una visión objetiva de los hechos deja a Álvaro Uribe como un hombre que cambió el destino de esta nación.

Mis recuerdos borrosos de la era Pastrana me hacen ver a un país subordinado a la voluntad de unos terroristas disfrazados de revolucionarios que desangraban a los colombianos manipulando la esperanza de paz. Tengo la memoria de la figura de un Presidente que se caracterizaba por su buena voluntad, pero en segundos pasó de héroe a villano por su ingenuidad y su falta de carácter para tratar con los peores enemigos de nuestro pueblo. Una persona, que con todo el respeto, no logró más que el buen Plan Colombia, pues creyó que se podía gobernar en medio de cocteles en Bogotá y tomando tinto con Tirofijo en el Caguán, mientras a kilómetros de la hipócrita mesa de negociación el narcotráfico daba frutos y el narcoterrorismo ideaba ataques y violaciones contra la población colombiana. Los libros, ya que no tengo muchas visiones de dichos períodos, dejan entrever a un presidente Samper limitado por los escándalos de las relaciones con la mafia, causados por su irresponsabilidad durante su campaña. De la misma manera pero con diferente empaque se viene a la mente un César Gaviria, que mas allá de sus logros dejó que Pablo Escobar hiciera de su propia cárcel un palacio. Me pregunto si un hombre como Uribe hubiera permitido semejante absurdo.

Nunca estuve de acuerdo con el Referendo Reeleccionista, pero no se debe dejar de hacerle un homenaje a una persona que como Uribe, aportó con trabajo y perseverancia inmensamente a la construcción de una mejor nación. Una persona que salió a gobernar a los pueblos y municipios, a escuchar y ayudar a la gente. Un líder que no ahorró esfuerzos en derrotar a los cínicos terroristas de las Farc.

Ahora solo queda pedirle al pueblo colombiano la mayor sensatez a la hora de elegir a nuestro próximo Presidente. No se puede caer en el juego de creer que la seguridad es el único desafío de este país. No debemos creer que solo aquellos que han estado a lado del Presidente son los únicos que tienen la capacidad de continuar su más importante política: la seguridad democrática. La elección presidencial no puede estar basada en el miedo de una recaída en la violencia. El rumbo no se perderá si Colombia elije un liderazgo que pueda legitimar la seguridad estableciendo la equidad social a través de la inversión en el bienestar de nuestras gentes. Se necesita un gobierno que encamine su trabajo a pagar la deuda social histórica que sigue dándole oxígeno y militantes a los grupos criminales.

 

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