miércoles 22 de noviembre de 2023 - 12:05 AM

Manuel de Jesús Rodríguez

Hablando del Dámaso Zapata...

Lo que viene sucediendo con las obras que se están ejecutando en el Tecnológico Dámaso Zapata es el vivo ejemplo de lo que no debe volver a pasar. Lo que comenzó como un noble propósito del alcalde de Bucaramanga terminó convirtiéndose en un dolor de cabeza para él y su secretario de infraestructura y en un calvario para la comunidad educativa de esa institución oficial.

La semana pasada en el Concejo se adelantó un debate de control político para tratar el tema. Por lo que se vio la única razón que motivó la iniciativa fue el cumplimiento de un fallo de tutela.

El ejercicio, en el fondo, fue productivo. Dejó en evidencia el oportunismo de algunos actores y la liviandad de los argumentos con los que afrontaron el debate. También permitió conocer el trabajo serio y la perseverancia de la veeduría que se conformó al interior de la institución educativa. Docentes, padres de familia, estudiantes y egresados se unieron y dejaron al descubierto los errores que en su sentir se cometieron en el proceso constructivo. Hoy tienen al contratista enfrentando una audiencia de incumplimiento y al secretario dando explicaciones por doquier.

Y aunque se alcanzó a plantear una moción de censura, la iniciativa a la postre no cuajó. Es, quizá, lo único en lo que se puede estar de acuerdo con las mayorías. La moción de censura no aporta nada a la solución del problema.

La falta de claridad en la socialización y las deficiencias en la comunicación oficial alimentan los señalamientos que apuntan a una eventual improvisación y falta de planeación en el proyecto que hoy tienen contra las cuerdas al alcalde y al secretario de infraestructura. El tire y afloje no cesa. Para la administración municipal todo está en orden; la comunidad educativa, por su parte, con argumentos serios y contundentes, insiste en contradecir la versión oficial. La realidad parece darles la razón.

La solución del problema queda en manos de la próxima administración que, a decir verdad, no la tiene fácil. Las irregularidades, si las hay, deberán deducirlas los órganos de control, mientras, los únicos perjudicados son los estudiantes a quienes eso poco o nada les importa. Que respondan si tienen que responder. Lo único que quieren, y reclaman con vehemencia y con justa razón, es que les devuelvan el colegio y que este tipo de situaciones no se vuelva a presentar.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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