domingo 30 de agosto de 2020 - 12:00 AM

Semana Santa

Ante la necesidad de replantearnos nuestras expectativas, es un buen momento para repensar cómo queremos vivir y descubrir qué nos hace felices
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Columna de
Marc Eichmann

El próximo Domingo de Ramos es tan impredecible como el próximo Viernes Santo. Hoy tenemos poca certeza en los múltiples aspectos de la vida diaria, sobre si podremos interactuar libremente con nuestros seres queridos sin estar expuestos al virus asesino, sobre si tendremos un puesto de trabajo, sobre si habrá pan en nuestra mesa y en la de muchos compatriotas.

A futuro, más que el viacrucis santo que se nos presentan, la incertidumbre nos impide crearnos ideas del futuro, nos dificulta crearnos objetivos tangibles, nos cercera la iniciativa ante la falta de resultados visualizables.

Sin embargo, el ser humano, ante estas situaciones, siempre ha salido adelante. Durante la primera y la segunda guerra mundial, durante las plagas de langostas del África y durante las crisis económicas. A pesar de las dificultades de las décadas del 80 y 90, donde estuvimos bajo el yugo de la próxima bomba y del próximo atentado, muchos guardamos recuerdos agradables de los tiempos que compartimos con amigos, pareja o familia. Somos mucho más resilientes de lo que nos imaginamos.

Los tiempos no serán fáciles, ni social ni económicamente. Es posible que no podamos comprarnos el iPhone, que no podamos hacer el viaje que teníamos planeado al exterior, o que no podamos interactuar con mucha de la gente con la que quisiéramos. Y seguramente para no echarlo de menos, nos refugiaremos en los pequeños placeres que ante la rebaja de nuestras expectativas nos traerán más felicidad, menos complejidad y más simpleza.

La locomotora del desarrollo en que nos subimos, como lo expresa Yuvel Noah Harari, nos ha traído más facilidad, menos riesgos, pero no necesariamente más felicidad ni más sentido a nuestras vidas.

Ante la necesidad de replantearnos nuestras expectativas, es un buen momento para repensar cómo queremos vivir y descubrir qué nos hace felices.

La religión budista tiene como creencia que la felicidad proviene de evitar los altibajos en la vida. Ante la situación actual, refugiarse en las pequeñas cosas es la mejor manera de lograrlo.

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