domingo 29 de octubre de 2023 - 12:00 AM

Marc Eichmann

Vote juicioso

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Columna de
Marc Eichmann

Hoy es un punto pivotante, de aquellos a los que nos acostumbramos cuando nos enfrentamos a las yes en los caminos, importante como el momento en que elegimos el equipo de futbol de nuestros amores.

El proyecto progresista que llegó al poder impulsado por una narrativa que en vez de proponer se dedicó a destruir a sus contendores con verdades a medias y, haciendo ver el país como un antro de corrupción y de sectores que abusan de otros, a la imagen de la lucha de clases de Marx, hoy se enfrenta al mismo mal que sus antecesores: ser juzgado por sus acciones en vez de dedicarse a juzgar.

Más que ser de izquierda o de derecha el gobierno actual ha presentado facetas que lo definen y lo identifican. La primera, una visión de Estado grande, en el que la clase política domina, define y distribuye, todo a su discreción. Que, a su vez, cuando lo hace, impide que los individuos y las empresas, en su derecho a definir su propio destino dispongan de la plenitud de los recursos que producen. En esa visión el Estado define lo que le corresponde normalmente a la gente, su proveedor de salud, si toma gaseosa o come Chocorramo, si puede consumir mostaza tipo Dijon.

La segunda faceta del partido de gobierno es que está rompiendo el equilibrio entre la economía legal y la ilegal, entre los ciudadanos que respetan la ley y los que no respetan la ley. A los negocios oficiales, las tiendas de barrio, los emprendimientos formales les sube los impuestos, les dificulta la labor por medio de regulación, los ahorca con mala prensa. Mientras tanto es laxo con los grupos al margen de la ley que ganan su sustento extorsionando a quienes la cumplen. Mientras más se desarrolle la economía informal a manos de los grupos al margen de la ley, más violencia. Estos no se caracterizan por poner una querella en la estación de policía ni por demandar a su competencia en los juzgados, toman la justicia en sus manos.

En la encrucijada actual los colombianos debemos definir que país queremos, un país en el que juguemos con reglas que todos cumplamos y en el que como individuos no seamos esclavos de los gobiernos de turno o un país en que confiemos en el Estado para todo, independientemente de con quienes se alía.

Estamos en el dilema de abrir el paracaídas o decidir no hacerlo, porque no comprometernos con una postura es equivalente a la segunda alternativa.

Este artículo obedece a la opinión del columnista. Vanguardia no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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