domingo 07 de julio de 2019 - 12:00 AM

Glifosato: un debate inútil

Los campesinos cocaleros son más víctimas que delincuentes. No siembran coca por gusto, ni por enormes ganancias.
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Erradicar o no erradicar, esa no es la cuestión. El filósofo Pambelé diría que es mejor no tener miles de hectáreas sembradas de coca que tenerlas, y todos estaríamos de acuerdo. Tampoco el debate sobre si se debe o no usar glifosato es la cuestión relevante; es tan solo un distractor para no enfrentar la pregunta crucial: ¿qué hacer con los miles de campesinos que hoy viven de sembrar coca?

Porque fumigar con glifosato es la solución fácil y de corto plazo para atacar el eslabón más débil de la cadena de valor del negocio de la cocaína, que además es el que más fácil se reproduce como la hidra de Hércules a la que le brotaban dos cabezas por cada una que le cortaban.

La cadena de producción y distribución de la cocaína es un proceso complejo con muchos actores. El campesino que siembra coca es tan solo el primer eslabón: vende la hoja que cosecha al intermediario, quien se la recoge en su misma finca para llevarla a las cocinas donde extraen la base de coca.

De allí pasa a los laboratorios o cristalizaderos donde, usando insumos “legales”, es transformada en clorhidrato de cocaína, el cual es empacado y transportado por las rutas de los narcotraficantes a los centros de consumo.

La contraparte de esta cadena es el flujo del dinero que sale en dólares del bolsillo de los consumidores, se mancha en las manos de los traficantes, mediante sofisticadas transacciones de lavado de activos se mueve en el circuito legal de la banca internacional y solo una pequeña parte llega a Colombia. La ONU estimaba que en 2010 el mercado mundial de cocaína movía unos USD85.000 millones, de los cuales menos de USD 3.000 millones ingresaban Colombia, y solo USD 300 millones a los cultivadores de coca.

Esta compleja cadena de valor y la distribución tan sesgada de los ingresos muestra la inutilidad de concentrar la lucha contra las drogas en los campesinos cocaleros. Las enormes utilidades del negocio se quedan en otros eslabones de la cadena que si se controlaran sería mucho más contundente el golpe a los traficantes. Más efectivo que fumigar unas cuantas hectáreas es destruir un laboratorio que procesa la hoja de miles de hectáreas; y todavía más efectivo controlar las rutas de los narcotraficantes y los mecanismos de lavado de dinero.

Además, otra razón económica refuerza la ineficiencia del glifosato y la erradicación forzosa de los cultivos de coca: la imperiosa necesidad de la resiembra. Los campesinos cocaleros son más víctimas que delincuentes. No siembran coca por gusto, ni por enormes ganancias, sino porque es la única alternativa de subsistencia en territorios donde el Estado no está presente, donde no hay vías ni facilidades para vender otros productos.

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