domingo 26 de octubre de 2008 - 10:00 AM

La conspiración

Hacía mucho tiempo no se veían en Colombia tantos movimientos y protestas sociales juntos: paro de empleados de la Justicia y de la Registraduría, huelga de corteros de caña en el Valle, marcha de pueblos indígenas en el Cauca, paro nacional sindical y varios otros que se están gestando.

Ante la simultaneidad de las protestas, los asesores de la Casa de Nariño prontos y prestos lanzaron su diagnóstico que ha sido repetido hasta la saciedad en todos los medios de comunicación: se trata de un complot, de una conspiración de fuerzas oscuras para desestabilizar al gobierno. Según esta explicación, las protestas populares han sido motivadas y hasta financiadas por intereses distintos a los de los trabajadores e indígenas: por parlamentarios que buscan beneficios electorales, por políticos que quieren hacer oposición al gobierno, por líderes sindicales que quieren aumentar su campo de influencia, y hasta por terroristas infiltrados.

La explicación oficial es parcialmente cierta. No hay duda de que en todas las huelgas, paros y marchas están involucrados políticos y sindicalistas (y es totalmente válida y legítima su participación), y en algunos pocos casos hay vándalos y terroristas (que deben ser rechazados y condenados).

También es cierto que en las protestas hay fuerzas oscuras. Al fin y al cabo la mayoría de los corteros de caña son afrodescendientes, los indios son por naturaleza mestizos, de la negra Piedad ni hablar, y fuera de Carlos Gaviria los políticos del Polo no son tan blancos como algunos quisieran. El problema para el gobierno es que un representante de estas fuerzas oscuras, que parece que no le gustan, va a ser el próximo presidente de los Estados Unidos.

Lo que resulta ingenuo es pensar que estos dirigentes de la oposición tengan la capacidad para movilizar a tantos miles de personas y de convencerlos de que acepten los grandes costos y sacrificios que les implican los paros y las marchas. La verdad es que sí hay una conspiración, pero impulsada por otras fuerzas de carácter más económico que político. Los actores principales de este complot contra el gobierno son la inflación y la falta de empleos de calidad, que están aumentando la pobreza y el hambre entre millones de colombianos

Para explicarlo con un ejemplo que se ha hecho popular en la campaña electoral norteamericana hablemos de 'José el cortero de caña'. Él se gana $700.000 al mes (y es un privilegiado porque gana más que los demás trabajadores del campo) y debe dedicar un poco más del 40% de sus ingresos al mercado familiar, es decir, unos $300.000. Pero resulta que en el último año los precios de los alimentos han subido un 14% y la canasta de bienes y servicios que su familia consume ha subido casi el 10% (según el DANE esta es la inflación para el estrato bajo). Esto quiere decir que si 'José el cortero' comprara el mismo mercado de hace un año hoy le costaría $342.000 y todo su consumo mensual (incluyendo arriendo, transporte, etc.) le costaría $770.000.

El pequeño problema es que 'José el cortero' no tiene de dónde sacar esos $70.000 extras y ni siquiera los $42.000 que necesita para comprar la misma cantidad de arroz, plátano y papa que son su dieta básica, de manera que él y su familia están comiendo menos, están pasando hambre. Por eso según el DANE, la ventas de alimentos y artículos del hogar  (que son el 35% de las ventas del comercio minorista) han bajado casi un 2% en lo que va del año. 'José el cortero' puede aguantar 10 horas en el calor infernal de un cañadulzal, pero seguramente no aguanta que sus niños le pidan comida que él no puede comprar. Tal vez si estuviéramos en su pellejo, también saldríamos a protestar.

La conspiración que se está gestando contra el gobierno es la conspiración del hambre y el descontento social, y va a ser más grande cuando llegue la negociación del salario mínimo.

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