domingo 24 de noviembre de 2019 - 12:00 AM

“Moto, moto, moto...”

La informalidad se adueñó de Bucaramanga y el mototaxismo es su peor ejemplo, lo que denota la ausencia de políticas sociales en una ciudad cuyos índices de pobreza cada día van en aumento.
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En realidad, ya resulta desesperante la situación de desorden generada por el mototaxismo en Bucaramanga, a tal punto que hoy se cuentan más de 60 “terminales” regados arbitrariamente en toda la ciudad ante la mirada impasible de las autoridades.

El “terminalito” de la carrera 15 con calle 36, en pleno centro de la urbe; el de al lado de la propia Alcaldía a la entrada de un parqueadero; el de la 15 con avenida “Quebrada Seca”; el de la carrera 28 con calle 40; el de la carrera 33 con calle 45, cada día más lleno de motos; el de la misma 33 con calle 51, en fin, y todos los de la Ciudadela Real de Minas. Y agréguense los que también se instalan en cercanías de colegios y universidades, y además en frente de todas las clínicas y centros de salud. ¡Caos urbano!

Esta situación ilegal, denunciada desde hace rato por los medios y los expertos en transporte, es cierto que no solo pertenece a una ciudad como Bucaramanga, pues en el resto del país y en especial en la Costa Atlántica es toda una problemática pública. Pero en esta ciudad se incrementó en los últimos años de manera desbordada, no existiendo autoridad alguna capaz de poner freno a tanta informalidad. Incluso, ni miles de comparendos acaban esa piratería.

La informalidad se adueñó de Bucaramanga y el mototaxismo es su peor ejemplo, lo que denota la ausencia de políticas sociales en una ciudad cuyos índices de pobreza cada día van en aumento, abriéndose camino la economía del rebusque como única opción de vida para muchos ciudadanos. ¡Mal, eso está muy mal!

Ya se volvió estribillo el “moto, moto, moto...” en casi todos los sectores del área. Una escena que da grima: el conductor de una motocicleta con un casco viejo y maloliente, ofreciendo sus servicios de transporte sin mayor seguridad y con alto riesgo de accidentalidad. Y otros conductores que lo secundan hasta formar el famoso “terminalito”. Y detrás, una autoridad que no ve o que no quiere ver cómo nos sumimos en el atraso. ¿Decadente, verdad?

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