martes 26 de febrero de 2019 - 12:00 AM

Las pobres viejecitas

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Me ha llamado mucho la atención la cantidad de peros que buscamos muchas de nosotras para no ser felices, para no gozarnos la vida. Hay quienes se dedican a ver siempre el punto negro. Nunca están contentas con nada. Nada las llena, nada las satisface.

Son como la Pobre Viejecita, sin nadita que comer y con la nevera llena, pero su contenido las engorda o simplemente no disfrutan, porque hay mangos cuando querían peras. Y es que Rafael Pombo, aunque parezca un cuento de niños, hace una fuerte crítica social hacia los personajes que se quejan de todo aunque tengan cubiertas sus necesidades y hasta más. Es increíble que un cuento publicado en 1854 nos pegue tanto. No hemos cambiado tanto como creemos. Vivimos en el mundo de la quejadera, la mala cara y el inconformismo.

Es agotador vivir así, no solo para ellas, sino para quienes las rodean. Siempre he pensado que la gente que no sabe agradecer lo que tiene, no sabe disfrutar. Además, he aprendido que la vida es más fácil llevarla ligera de equipaje que llenándola de peros y porqués. Ese tipo de personas pensarán que es conformismo, pero no. Estoy convencida que es felicidad. Y cada vez mi estado de tranquilidad me lo confirma. Claro que hay soñar, soñar en grande. Claro que no hay que conformarse con poco y que hay que disfrutar de los placeres, pero también he aprendido que si no se dan, que si no se puede, hay que coger la maleta cambiar el rumbo e ir por otros sueños, espacios y proyectos. Ya no me desgasto quejándome y echándole la culpa a otros de lo que me pasa o no me pasa a mí.

Siempre que leía el cuento o fábula de este escritor colombiano, me imaginaba que se lo dedicaba a su abuela y que era una tacaña. Y la gente tacaña es así para los sentimientos. Es egoísta en el momento de incomodarse un poco y pensar en los otros. Por eso, porque el mundo está muy berraco, quiero que sonrían y que encuentren qué comer y qué beber, seguro hay francachela en cada uno de sus espacios y corazones.

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