jueves 30 de enero de 2014 - 12:01 AM

Uribe: se desmorona el mito

Con el apoyo de fuerzas oscuras, por 2001 emergía el fenómeno político Álvaro Uribe Vélez; en apabullante crecimiento, rezagó rápidamente en encuestas y urnas a su inmediato contrincante. Su fuerte discurso contra las Farc sedujo al país.

Muchos creyeronque el primer periodo de Uribe había sido bueno: redujo a la guerrilla y con su política de “seguridad democrática” conquistó a los grandes terratenientes y a inversionistas locales y extranjeros. Terminando su primer periodo resuelve su “encrucijada del alma”, lanzándose demencialmente en búsqueda de la reelección, que ilegalmente obtenida resultó un desastre; obnubilado por su anillo de poder arrasa oposición e izquierdas y a quienes no compartían sus métodos de tierra arrasada.

Por fortuna, en forma lenta pero segura, se develaron apoyos a su favor por grupos de autodefensas; trampas reeleccionistas, contratistas privilegiados y corrupción galopante, Agro Ingreso Seguro y Carimagua, recompensas por traiciones y delaciones, calumnias contra jueces y altas cortes; siguió el deterioro moral de la sociedad colombiana, resultado de sus maquinaciones y argucias;  fue el clímax del fanatismo aferrado al poder.

De nuevo en campaña, Uribe se le mide a la plaza pública, terreno de los indignados de Tunja, Soacha, Palmira, Mosquera, Cúcuta, Neiva, Bucaramanga, Lebrija; los ofendidos le reclaman el abandono y engaños de su gobierno; es el comienzo del desmoronamiento del mito. Se le responsabiliza por los falsos positivos, las chuzadas, los desplazamientos y desapariciones, la ruina del sector agrario y la industria, la corrupción con los títulos mineros, los engaños y falsas promesas a los santandereanos, por haber feriado nuestro país, tras la llamada confianza inversionista, por las exenciones tributarias a las multinacionales mineras y petroleras, el empoderamiento de las mafias de la salud, las basuras, de los mega contratistas, los “Carimaguas”.

El terreno de Uribe, aunque con audiencia cada vez más reducida, sigue siendo los recintos privados; en la plaza pública “el palo no está para hacer cucharas”.

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