sábado 30 de julio de 2022 - 12:00 AM

No matarás

No matarás. El primer mandamiento de la democracia colombiana” es la forma como arranca el primer volumen de la Comisión de la Verdad, prometiendo un recuento histórico sobre la relación cercana entre la política y la violencia en Colombia. Los otros volúmenes tienen también apuestas grandes. Con una diversidad de formatos y estilos narrativos, los volúmenes y piezas acompañantes nos muestran cómo se vivió la guerra desde las mujeres, las comunidades étnicas, el exilio y la niñez. El informe está lleno de testimonios y relatos que dibujan el horror y transmiten las heridas profundas e intergeneracionales que tanta guerra ha regado por toda la geografía. Es un conjunto de textos difíciles e incómodos, así como nuestro pasado.

Hay futuro si hay verdad, dice la Comisión. La apuesta es sensata: tenemos que mirarnos al espejo y aceptar responsabilidades. No por los egos de los comisionados, sino por supervivencia. Una sociedad que normaliza la violencia, que acepta que en cada elección maten a candidatos, y que en cada protesta mueran unos cuantos, no puede ser democrática. Las comparaciones ayudan a entender la magnitud de la barbarie: hubo más falsos positivos que víctimas de la dictadura de Pinochet y hubo más muertos en las protestas de 2021 en Colombia, que muertos en las protestas masivas contra el régimen dictatorial de Maduro en 2019. No tiene mucho sentido que nuestra democracia sea más violenta que las peores dictaduras del continente.

El informe de la Comisión, así como los informes de su antecesor, el Centro de Memoria Histórica, deben leerse y difundirse ampliamente. Las escuelas y universidades son los lugares apropiados para esta discusión. Los que se oponen a ello han armado una narrativa según la cual el señalamiento –por parte del informe final- de la fuerza pública como uno de los victimarios del conflicto erosiona la legitimidad de dicha institución y pone en peligro la democracia. Pero esta narrativa está profundamente viciada. Lo que amenaza la democracia es matar y desaparecer civiles, no hablar sobre dichos actos. Y erosiona más la confianza en la fuerza pública insistir en ocultar e invisibilizar su participación en la barbarie que hemos vivido. Además, el informe en ningún momento minimiza la participación de otros actores –guerrillas y paramilitares- en el conflicto armado.

Como dice el volumen de convocatoria a la Paz Grande, “hemos constatado que quienes reconocen responsabilidades, lejos de destruir su reputación, la engrandecen, y de ser parte del problema pasan a ser parte de la solución que anhelan las víctimas y que necesitan ellos mismos, los perpetradores”.

Silvia Otero BAHAMÓN
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