lunes 20 de julio de 2009 - 10:00 AM

Cuestión de fe

Hace unos días, un ciudadano no tan común ni corriente, porque es de los pocos que puede tener ochenta millones en efectivo para comprar un apartamento, fue estafado por los anteriores dueños del inmueble. Resulta que hicieron el negocio, firmaron las escrituras y, al cabo de tres días, plazo que pone la Notaría para la entrega de estos documentos, cuando el hombre fue a la oficina de registro ya se la habían ganado de mano.

Los propietarios vendieron el apartamento dos veces, o tal vez más, porque puede tratarse de arreglos con cómplices. En Colombia, los avispados están pendientes de no aflojar un centavo mientras no estén las escrituras listas, y resulta que estos documentos sirven para tres cosas…

Cuando se extravían los documentos de identidad, debe uno entregar un denuncio en la Inspección de Policía, después de pagar las estampillas al doble y ver cómo la copia oficial del denuncio es arrojado a una caja enorme, con destino aún sin establecer. ¿Para qué sirve este denuncio? No se toma una huella, ni se pide un documento (se supone que se perdieron), ni trata de establecerse identidad alguna.

En las Notarías se autentican los contratos, se demuestra que uno está vivo, se confirma que las copias son iguales al original y se declara que el hijo nació, con un certificado médico, por supuesto. Pero todos estos actos de fe los ejecuta el notario basado en la fe que tiene en sus secretarias, porque él ni mira los contenidos; sólo firma. Y si el documento tiene más de media página, puede uno notar que su secretaria tampoco lo lee, así que el notario da fe de su fe en nosotros.

Porque, seamos realistas: si el Estado quiere que tengamos documentos con la fe de un personaje distinguido por su buena fe, podría confiar en muchos colombianos, entre ellos, en los mismos que reciben o diligencian sus documentos. Prueba de la legalidad es que hoy cualquier documento o contrato tiene que llevar fotocopia de la cédula y dedo con tinta, así que no hay posibilidades de falsedad. Y si de fe se trata, exceptuando a personas idóneas que hemos conocido con larga trayectoria en las notarías, quienes están asumiendo el papel de 'dadores de fe' son los menos recomendados para ello, y en verdad –aceptémoslo– cada uno de los actos de fe de las Notarías, para que tenga valor verdadero, tiene que estar respaldado real y legalmente por otra dependencia del Estado. 

 

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