lunes 30 de agosto de 2021 - 12:00 AM

Democracia de mentiritas: arranca la temporada

La política es un oficio cuyo fin es conseguir votos, y los candidatos se vuelven expertos en pegar afiches, hacer torcidos y pagar por debajo de la mesa. Y las elecciones se convierten en un mercado de votos.
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Columna de
Puno Ardila

Anda Rodolfo Hernández metido en tremendo escándalo por culpa de unos testimonios, y un audio que los confirma. ¿El pecado?: haber pedido cuota a sus prosélitos. «Eso es normal», dirá el señor exalcalde, como es normal para él hablar con esa sarta de groserías y de insultos, y como es normal para él darle en la jeta a un concejal. Y, además, se ufana de sus hazañas. Y hay gente que lo sigue por eso.

Ahora, cambiemos el nombre del ingeniero por cualquier político, y veremos que con todos es la misma vaina. En este país se sabe que los partidos y los movimientos políticos pueden cobrar cuotas a sus prosélitos, y quitarles porcentajes de sus salarios (y seguramente quedarse con porcentajes de lo robado al erario). Se sabe —decía—, pero no pasa nada. Aquí un mismo “honorable” senador que ha estado amarrado a su curul desde el siglo pasado sale a un medio de comunicación y confiesa con la mayor naturalidad que comprar votos es también un hecho natural, silvestre, que se ha practicado por los siglos de los siglos, y que así es como se eligen los gobernantes de este país.

Y, también, pillan a aquella senadora bravucona con votos comprados, y sale una prófuga a confesar que es un hecho cierto; y se comprueba por testimonios de ellos mismos, y por grabaciones, y por un montón de pruebas, que también la campaña del Duque recibió votos comprados. Y la gente sale a borbotones a confesar que recibieron las tejas y el cemento y los tamales y los cincuenta mil. Y no pasa nada. No pasa absolutamente nada.

En Colombia esa ha sido la constante: la política es un oficio cuyo fin es conseguir votos, y los candidatos se vuelven expertos en pegar afiches, hacer torcidos y pagar por debajo de la mesa. Y las elecciones se convierten en un mercado de votos, no en el momento en que se ejerce el derecho democrático de escoger al mejor candidato. Se escoge al que mande el patrón, al que reparta más limosnas y al que “robe y reparta”.

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