lunes 12 de julio de 2021 - 12:00 AM

El mito de Caín

Ojalá hubiera muchos, como decía Zuleta, sin que se les tema, ni se los asocie con el terror ni con el diablo
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Columna de
Puno Ardila

No entiendo por qué se ofenden tanto algunos personajes cuando les atraviesan alguna pregunta respecto a su comportamiento —le comenté al ilustre profesor Gregorio Montebell—, y la respuesta a esas preguntas resultan siendo algún destemplado «¿De qué me hablas, viejo?» o, lo que es peor, el preguntador resulta siendo agredido o acusado o quién sabe qué más.

«‘Preguntar’ y ‘cuestionar’, son dos verbos diferentes, mi querido amigo. Aunque se parecen mucho en inglés, en castellano son dos cosas distintas —comenzó a decir el brillante profesor, y me acomodé para oír la respuesta—. Una pregunta de un chico puede ser la clásica “¿De dónde vienen los niños?”; en cambio, un cuestionamiento puede ser “¿Por qué tengo que volver de la fiesta a las once, si a esa hora es cuando se pone más buena?”, o “¿Por qué me levanta un comparendo sin explicarme qué infracción cometí?”. Las respuestas a la pregunta hablarán de París, cigüeñas y dioses; en cambio, la respuesta al cuestionamiento resulta siendo “porque yo dije, y punto”, o “porque yo soy la autoridad”, seguida de un manotazo o un silencio total. Normalmente, frente al cuestionamiento, sea cura, padre, profesor o agente, la respuesta es la ira, sencillamente, porque no hay respuestas o, cuando menos, respuestas con argumentos».

—¿Como el caso de Caín?

«Exactamente. La historia que cuenta la Biblia habla de la tragedia que comienza cuando Caín enfrenta a su dios, y lo cuestiona porque a él se le rechazan los tributos mientras al otro se le aceptan, y la única respuesta es la ira divina, en vez de alguna explicación, que –por cierto– ha permanecido ignorada por los siglos de los siglos. Y el castigo terminó siendo el destierro, por el crimen, pero también el estigma, que anuncia que quien porta esa marca no traga entero, y esa es la razón del miedo, el rechazo y el odio hacia quien tiene el valor de cuestionar».

—Estamos viendo un montón de Caínes, entonces.

«Ojalá hubiera muchos, como decía Zuleta, sin que se les tema, ni se los asocie con el terror ni con el diablo».

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