lunes 02 de mayo de 2022 - 12:00 AM

Falta de educación: la raíz del mal

La formación en las familias colombianas (en general, no en su totalidad) carece de elementos básicos, como el respeto y la decencia; y entre padres irresponsables y educadores despistados...
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Columna de
Puno Ardila

Hace unos días repliqué en alguna de las redes sociales un video grabado en un sistema de transporte masivo de un país asiático. Allí se ve cuando una madre hace devolver a su hijo a que se registre debidamente, porque él se había pegado a ella para que el torniquete no registrara su pasaje. El mensaje que trae el video es sencillo: «¿Por qué son países desarrollados? No es avance tecnológico; ¡es educación familiar!».

Las respuestas han sido desde las réplicas hasta alguien (de mis afectos, por cierto) que afirma que pasarse el torniquete es una forma de protestar, y tiene razón, si no fuera porque la actitud del chico en ese momento no responde a un propósito de protesta.

El hecho (y el derecho, por supuesto) de la protesta tiene que estar acompañado de la razón por la que se protesta.

Así que vamos a lo otro: el meollo del asunto, y razón del mensaje, es que en las sociedades no basta con la tecnología, la administración pública ni manejo político; en un pueblo como el nuestro, falta lo esencial: la identidad que se logra con una adecuada formación, y esta comienza en la familia, esa por la que tanto cacarean (precisamente) tantos políticos, pero que ni las suyas aguantan un análisis.

La formación en las familias colombianas (en general, no en su totalidad) carece de elementos básicos, como el respeto y la decencia; y entre padres irresponsables y educadores despistados, con la complicidad maquiavélica de los medios de comunicación y la sociedad de consumo, estamos viendo cómo países como el nuestro se han convertido en vulgares rebaños de borregos, hambrientos e ignorantes, exactamente como los quieren los insaciables dueños de estas tierras.

Mensæ tegumentum. Por suerte, a mí me tocó un buen equipo de profesores con suficiente conciencia, y ahora, en el ejercicio de la docencia, no dejo de recordar lo que me repetía una y otra vez mi maestro y amigo Luis Serrano González (de Elías Calixto Pompa): «Estudia, y no serás cuando crecido el juguete vulgar de las pasiones ni el esclavo servil de los tiranos».

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