lunes 18 de mayo de 2009 - 10:00 AM

¡Oh, madre!

Para las madres, todos los regalos; aunque no sé si en los colegios siguen fomentando esos tenebrosos detalles que le tocaba elaborar a uno en artes manuales: un frasco de mayonesa envuelto en pita, pegado con 'colbón', con nariz de tapa de crema dental; un cuadro trapezoidal de pitillos (antes eran de papel parafinado) unidos con alfileres, con una colorida fotografía de una familia, de una madre o de un ramo de rosas, recortada a tijera roma de una revista vieja; o alguna de estas láminas pegada en un pedazo de tabla, adornada primorosamente con quemones de carbón.

Yo no sé tampoco si las madres todavía son capaces de soportar estos regalos sublimes y si, encima de todo, son capaces de mantenerlos en exhibición hasta que se deshacen felizmente y hay que tirarlos por fin a la basura.

Yo no sé si las madres aún prefieren que sus hijos cambien estos regalos por otros menos convencionales, que demuestran cuánto son amadas y cuánto se reconoce su labor en la familia: una licuadora, una aspiradora, una olla de presión grande (para que los frijolitos le alcancen para toda la visita), una aspiradora, una brilladora… O quizás ellas se retuerzan de ternura –o de horror– con esas canciones y esos poemas infinitamente cursis que algunos desmadrados se han inventado a lo largo de la historia y los hijos terminan diciendo frases que jamás han pronunciado, pero que el día de la madre toca echar: 'Te amo, madre mía', 'te doy gracias, oh, madre mía, porque me ‘distes’ el ser y me ‘trajiste’ a este mundo', o 'siempre has sido la mejor madre del mundo', como si hubiese otra alternativa (dijo Facundo Cabral: 'Madre no hay sino una y preciso me tocó a mí').

Tampoco sé por qué la sociedad colombiana no hace campaña para que los hijos entendamos que mucha de la felicidad de nuestras madres comienza cuando por fin abandonamos el nido y las descargamos del trabajo doméstico y que ellas tienen derecho de vivir su vida, independientes y solas y que no tienen por qué mantenernos hasta los cincuenta años. Ojalá el regalo del día de las madres, que es una vez al año y que es tal vez la única vez que muchos hijos vienen de visita, fuera una pensioncita mensual, no importa que sea una chichigua, pero, así como el electrodoméstico, el cuadro espantoso o el poema cursi, ella sabrá que es con cariño y lo recibirá emocionada.

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